fantasías de ayer y de hoy
junio 6, 2010 § Deja un comentario
¿Y si la imaginación fuera el único modo de tomarnos en serio, esto es, la única vía por la que tratarnos sinceramente y no solo como espectadores de nuestra propia vida? Supongamos que alguien se resiste, por los motivos que sean, a seguir un determinado impulso. La relación que mantendrá con su impulso y, en definitiva, consigo mismo, será diferente si ve ese impulso como algo propio que como algo ajeno. No es lo mismo creer que lo que está en juego es su satisfacción que creer que ese impulso representa, por ejemplo, la voluntad de un espíritu maligno. En el primer caso, deberá cortarse un brazo, como quien dice —y ¿quién estará dispuesto a hacerlo en su sano juicio?—. En el segundo, deberá proceder como si tuviera que amputar un tumor. La relación con uno mismo no es, por tanto, idéntica en un caso que en otro… y me atrevería a decir que hay más seriedad en quien se enfrenta a sí mismo como si fuera otro que en quienes solo renuncian a su satisfacción a causa de una fuerza mayor. Probablemente, uno logre tratarse con mayor determinación donde pueda concebir eso que debe ser cercenado como si fuera algo extraño. De cualquier modo, alcanzamos una cierta profundidad solo cuando podemos decir que no todo lo que habita en nuetro interior nos pertenece. Es más fácil lograr una cierta integridad —o, como suele decirse, llegar a ser uno con uno mismo— donde es posible, por concebible, identificar una determinada voz interior con la voz de otro, sea un demonio o un dios. Y difícilmente puede darse tal identificación donde no contamos con la ayuda de determinadas imágenes. Cabe, por tanto, sospechar que el desideratum platónico del cuidado del alma difícilmente hubiera podido plantearse sin el recurso de las imágenes míticas.
La cuestión es si esto es, hoy en día, posible —si hoy en día podemos servirnos de las antiguas imágenes a la hora de ejercer un verdadero dominio de sí—. Si ya no podemos representar fácilmente una voz interior como una voz extraña ¿cómo podremos enfrentarnos eficazmente a nosotros mismos? ¿Deberíamos admitir que esta posibilidad solo se encuentra al alcance de quienes sufren de esquizofenia —de quienes creen escuchar otras voces en su interior—? Que toda voz nos pertenezca por el simple hecho de ser interior —que sea de entrada legítima por el simple hecho de que sea nuestra— , ¿acaso no dificulta seriamente que podamos cuestionarla desde nosotros mismos? ¿Acaso la represión no es mayor cuando el único motivo de la inhibición tiene que ser necesariamente social o político? El rechazo moderno de la imaginación como vía de conocimiento, la imposibilidad de diferenciar modernamente entre imágenes verdaderas y meras fantasías, el hecho de que cualquier imaginario quede fácilmente relegado al campo de la superstición… nos convierte, contra la inicial promesa de liberación, en meros cuerpos sometidos a fuerzas, en cuerpos incapaces de enfrentarse seriamente a sí mismos. La imagen, en el mejor de los casos, es aceptada como una simple analogía, a la manera de un como si. Puede que gran parte de nuestro extravío tenga que ver con la dificultad para admitir una imagen como verdadera. Sin embargo, cuando Homero comparó por primera vez el interior del hombre con la profundidad del mar ya sabía que, de hecho, ese interior no era un mar. Si Homero ve el interior del hombre como un mar es porque, en realidad, ese interior posee la profundidad del mar. Dicho de otro modo: no es que primero Homero constate el hecho de una profundidad y luego llegue a interpretarla como si fuera la del mar, sino que esa profundidad surge en el instante de la visión poética. Estrictamente hablando, Homero crea la profundidad abisal del alma… y, por tanto, la posibilidad de que el hombre se vea a sí mismo como cuestión —como campo a explorar—. El hombre deviene un misterio para sí mismo solo cuando es capaz de verse como el mar. Al fin y al cabo, ver la realidad —el carácter otro— de la cosa que tenemos ante las narices es verla, precisamente, como otra cosa. La imagen verdadera es, así, verdadera por mostrar sensiblemente esa alteridad que solo con dificultad podemos interiorizar si nos atenemos a lo constatable. De otro modo, el carácter otro de la genuina realidad, en tanto que solo puede ser reconocido, solo es accesible —o quizá deberíamos decir apropiable— a través de una imagen poética. Todo esto, al fin y al cabo, es muy sencillo: si tú eres algo en verdad otro y no solo algo enteramente asimilable por mi sensibilidad —si hay algo en ti que no puedo alcanzar aun cuando disponga enteramente de tu cuerpo— es porque puedo reconocer un ángel en ti… como quien dice —porque me encuentro obligado a ver algo intocable, intratable en ti—. En cristiano, porque puedo ver en ti un excremento. Y es que cristianamente, la alteridad del ángel siempre tuvo el aspecto de una pústula…
Sea como sea, la cuestión es si hoy en día podemos tomarnos en serio esta visión, si necesariamente, ante el derrumbe del espacio de lo sobrenatural —ante la catástrofe moderna— hemos necesariamente de añadir un como quien dice. O en otros términos: una imagen ¿puede tomarse hoy en día como verdadera? No lo sé… Pero, en cualquier caso, lo cierto es que difícilmente podremos hacerlo hasta que no entendamos que hay más verdad en la imagen de un mar interior que en la serie de las sinapsis neuronales. O hasta que no comprendamos que las imágenes imposibles de Dios son más verdaderas que un dios efectivamente existente pululando por encima de nuestras cabezas.