patriarcas
octubre 17, 2010 § Deja un comentario
Bíblicamente, Dios es siempre el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob. El Dios de Moisés, de Isaías, de Jesús de Nazareth… Esto es: Dios no es accesible con independencia del elegido por Dios para dar testimonio de Dios. Si así fuera, entonces Dios sería como una fuerza que cualquiera podría alcanzar con el debido esfuerzo —o mejor dicho: que podría poseer a cualquiera que hiciera lo debido—. Desde esta óptica un elegido sería, en el mejor de los casos, un maestro, un guía —un gurú—, pero en modo alguno uno de los pocos que pueden testimoniar a Dios. En la Biblia, el elegido no es un poseído por Dios, sino un llamado por Dios, esto es, alquien por entero sometido a su altura o, lo que viene a ser lo mismo, exigido por esa ausencia sin la cual la voz de Dios no llegaría a identificarse con el desconsuelo del pobre. La diferencia es crucial. En el caso de un Dios-fuerza, la experiencia de Dios —la conexión— se encuentra más o menos garantizada por un ascenso, un método, una ascesis. En el segundo, la experiencia de Dios solo pueden alcanzarla, como quien dice, algunos elegidos… y solo a través de ellos podemos creer quienes aún padecemos de sordera. Y es que una cosa es un hecho —en principio, algo captable por cualquiera que esté en la correcta situación— y otra la llamada, de la cual, por defecto, solo pueden dar fe quienes responden, siendo que no hay modo humano de avalar ni la llamada ni, por supuesto, la respuesta. Dios se hace presente como aquel que llama a quien quiere… a través de la garganta del abandonado de Dios. Y solo porque hubo quienes respondieron a esa llamada, podemos, quienes ni siquiera la oímos de lejos, creer. Por eso —porque Dios no se encuentra en las alturas— podemos decir que Dios no te eleva, sino que te aplasta contra la tierra. Mejor dicho: en realidad es Dios mismo —su inaccesible altura— quien te impide elevarte hacia Dios. En verdad —y esto es lo que confiesa la existencia creyente— la única elevación es la de la Cruz.