coordenadas

octubre 21, 2010 § Deja un comentario

Si tuviéramos que trazar una línea para representar la relación que el hombre mantiene con el Dios bíblico —el único que duele en verdad, precisamente, porque no se encuentra disponible— ésta no podría ser otra que una línea vertical. Tan sólo una perfecta verticalidad puede mostrar la radical trascendencia de Dios. Dicho de otro modo, no cabe ningún ascenso donde no hay pendiente. Puede que algunos hombres se empeñen en intentar la escalada. Pero aquí no hay donde agarrarse, ninguna cornisa que nos permita mantener el equilibrio. Y ya se sabe, cuanto más arriba, más dura es la caída. Como si solo la altura de Dios —es decir, su inaccesibilidad— nos obligara, de hecho, a mirar a a quien tenemos a nuestro lado—. Sin embargo, algunos cristianos —incluso judíos— de hoy en día siguen empeñados en dar por hecho que la línea bíblica es, de hecho, un plano inclinado: como si fuera posible llegar, aunque sea con esfuerzo a Dios; como si fuera posible respirar el aire puro de las cimas. Como si una Cruz pudiera torcerse… Ninguna cima llega a escandalizarnos y un Dios que pueda ser admitido ¿hasta que punto puede doblegarnos, esto es, valer como Dios? Las promesas de la ascesis —los ideales de un programa de vida— son aún demasiado creíbles como para que merezcan la fe. Sea como sea, para el creyente de los relatos bíblicos, la cuestión no es la de cómo lograr la beatitud —o, si se prefiere, una vida plena—, sino cómo responder a la voz de los que marcados por el estigma de Dios, esos desgraciados.

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