la sombra de Buda es alargada

octubre 23, 2010 § Deja un comentario

Puede que la cuestión última no sea qué debemos hacer para dejar de ser unos capullos… —esto es, qué pasos hay que dar para transfigurarnos en crisálidas—, sino si es posible salir de infierno, ese lugar del cual uno solo puede salir con los pies por delante. Puede que, al fin y al cabo, no se trate de cómo hemos de elevarnos —o incluso, evitar la caída–, sino de si es posible levantarse, una vez hemos caído hasta el fondo. En definitiva, puede que la cuestión última sea si hay o no vida más allá de la muerte, de esa muerte que se nos da tan cruelmente en vida. La preocupación por la vida elevada es, en cualquier caso, una cuestión penúltima, de hecho, nuestra cuestión, a saber, la de quienes pertenecen a la ciudad, esos que no sufren el peso de una impotencia determinante. De hecho, la ciudad es, por defecto, el lugar en donde se plantea, precisamente, la posibilidad de una vida que trascienda los límites de la vida animal. Un cristiano, sin embargo, es aquel que no puede ya creer en las posibilidades del ciudadano, en las imágenes de una existencia sin mácula. Y no porque la elevación sea, al fin y al cabo, una piel de cordero —el efecto, al fin y al cabo, provisional de la buena educación—; no sólo porque el hombre no pueda alcanzar la justificación desde sí mismo, sino porque cualquier elevación —cualquier conquista espiritual— es, en medio del infierno, impertinente, por no decir blasfema. Aquellos que creyeron sobrevivir a Auschwitz, Dachau, Treblinka… porque consiguieron participar de la fuerza de Dios —porque lograron conectarse debidamente— toman el nombre de Dios en vano. Como si la desgracia fuera debida a la ignorancia, la incompetencia, el error. Y es que, en definitiva, la cuestión bíblica no es con quién debe identificarse el hombre, pues el hombre, desde sí mismo, solo puede identificarse con el poder —sea el que detenta el tirano, el hombre de éxito o la divinidad—, sino con quién se identifica Dios… y ya es sabido que Dios se identifica con los dejados de la mano de Dios, esos impotentes. O lo que es lo mismo: bíblicamente, Dios es, al fin y al cabo, su impotencia como Dios… aunque por eso —y sólo por eso— el hombre se encuentra bajo el mandato de Dios. Y es que tan sólo quien se encuentra falto de Dios deviene rehén de su hermano.

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