idolatría

octubre 25, 2010 § Deja un comentario

El hombre no tiene necesidad de Dios, sino de dioses. Un dios es una promesa de felicidad, mejor dicho, la figura de una existencia intachable, sin lacra. En un dios no hay defecto, debilidad. Un dios siempre es capaz. Ciertamente, ya no estamos dispuestos a creer que los dioses existen por encima de nuestras cabezas. Sin embargo, eso no significa que hayamos dejado de estar sometidos a su influencia. Están quizá más cerca de nosotros —habitan el olimpo de Hollywood, las playas californianas, los despachos de wall street, las pasarelas de Milán…— pero siguen siendo, en cierto sentido, intocables. Son nuestros ídolos. Y es que no hay vida humana que no se diga fácilmente a sí misma: yo quiero ser como tal o cual, siendo el tal o cual no estrictamente el tal o cual de carne y hueso, sino su abstracción, su imagen más amable, estilizada, idealizada. Un ídolo, por defecto, no puede oler mal. Y, así, higiénicamente, nuestros ídolos se van conviertiendo en señores de nuestras vidas. ¿Quién podrá resistirse a su promesa? ¿Quién no quiere para sí el poder, la pureza, una completa satisfacción? Precisamente, porque estamos convencidos que ellos sí que viven en verdad, nos disponemos a los mayores sacrificios con tal de alcanzar, o cuanto menos participar, de su fuerza: el ejecutivo traicionará al amigo, si con ello consigue llegar a la cima;  los ascetas deberán renunciar al cuerpo, si pretenden una vida elevada; las actrices perderán su virginidad por un papel… Sea como sea, el esquema sacrificial sigue siendo el mismo que el de la antigua sensibilidad religiosa: los altares cambian, pero el corte permanece. Quien aspire al cielo debe estar dispuesto a pagar un alto precio.

Por esto, dónde haya ídolos ¿quién podrá confiar en un Dios sin rostro, aquel para quien no hay pureza que valga —el Dios ante el cual todo hombre está siempre fuera de lugar—? Quien se encuentra herido de Dios —quien encuentra a Dios en falta, precisamente, porque en verdad no hay amparo para el hombre— ya no tiene otra urgencia: debe responder al clamor de su hermano, ese abandonado de Dios. Quien se halla sometido a la altura de Dios —a la presencia de su ausencia— no puede hacer otra cosa. Desde la experiencia del mal radical, cualquier promesa de felicidad se revela como ficticia. Un creyente, al fin y al cabo, es alguien que, por haber descendido al infierno de las víctimas, está demasiado cerca del nihilismo como para poder seguir confiando en imágenes. En cualquier caso, podemos seguir respirando: nadie puede creer honestamente desde sí mismo. Antes debemos morder el polvo, desaparecer.

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