in-vocación

octubre 30, 2010 § Deja un comentario

Dios no responde tal y como esperamos que responda. La invocación de Dios se resuelve, bíblicamente, como la invocación de Dios. Esto es: Dios no responde ofreciendo una solución, sino reclamando del hombre una respuesta. Como si la réplica del Dios no fuera otra que el eco de la invocación del hombre, el que resuena, precisamente, en el estómago de los muertos antes de tiempo. Porque el cielo es un muro, el clamor del inmolado en el altar del mundo se nos revela como el clamor mismo de Dios. Cuesta creer que, después de tanta revelación, aún sigamos confiando en una imagen de Dios, al fin y al cabo, una variante del deus ex machina de las tragedias griegas. Será cierto que los hombres tenemos un corazón de piedra.

( Y si esto es cierto, ¿cómo puede ser que haya algún cristiano que aún se anime a rezar con los budistas, los hinduistas, los animistas…? El gesto del buen rollista acaba confundiendo a las gentes, pues resulta obvio —o casi— que no nos encontramos ante el mismo Dios. Y es que el Dios que se identifica con el huérfano, la viuda, el sin patria… no puede ser el mismo que el que acepta el dolor humano como aquello debido a un karma maldito. Una cosa es darnos la paz —¡cómo no!— y otra rezar juntos. Una cosa es rezar de rodillas y otra con el culo.)

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