cristiandad (y 2)
noviembre 6, 2010 § Deja un comentario
Con el propósito de preservar la divinidad de Jesús, un cristiano conservador suele defender sin pestañear que Jesús es algo así como un dios paseándose por la tierra. Frente a esta posición —de hecho, la posición de la antigua herejía doceta— tenemos la propia del cristiano progresista. Así, con el propósito de sintonizar con el espíritu de los tiempos, ese espíritu que no puede dar por sentada la existencia de Dios, el progresista termina sustituyendo la divinidad por la figura de una vida entregada a los demás, el ideal de una bondad sin mácula. En este sentido, Jesús sería el que alcanzó —al modo de los antiguos héroes— la cima de una existencia plena, una cima a la que podemos referirnos perfectamente con el nombre de Dios. Ahora bien, ni una cosa ni otra son propiamente cristianas. Ni la posición conservadora, ni la posición progresista acaban de admitir aquello tan inadmisible de la dogmática: que el Crucificado fue en verdad Dios y en verdad hombre. La primera posición no sabe qué hacer con el hombre, el cual existe, por defecto, como enajenado, separado de Dios. La segunda, en cambio, no sabe que hacer con la trascendencia de Dios, la cual, al fin y al cabo, es reducida a una imagen ideal del hombre. Ni el carca ni el progre han visto que si el Crucificado es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre es porque nada de Dios se encuentra más allá del Crucificado, esto es, de las víctimas que son sacrificados en el altar del Mundo. Y es que la identidad entre Dios y lo que queda del hombre cuando ya no queda nada del hombre es lo que nadie que aún confie en su posibilidad puede aceptar sin morir.