abba
noviembre 8, 2010 § Deja un comentario
No es casual que la palabra abba —papá en arameo—, aquella que, según muchos exegetas, empleaba el mismo Jesús para referise, provocativamente, al Dios lejano de los judíos, aparezca en los evangelios una sola vez, en Marcos, acaso el evangelio más duro. El momento es Getsemaní: cuando Jesús de Nazareth invoca de rodillas a un Dios… que no aparecerá por ningún lado. Como si el momento de mayor intimidad fuera el momento del mayor abandono. Como si solo el abandonado de Dios estuviera en verdad cerca de Dios. Como si solo las víctimas soportaran el peso de la trascendencia divina. Como si el hombre, en definitiva, no fuera otra cosa que el sostén de un Dios con exceso de carga. Al fin y al cabo, solo porque el abandonado de Dios no abandonó a Dios, el centurión pudo ver a Dios mismo clavado en la Cruz. Por eso duele ver como a veces se presenta esto de la intimidad con Dios como si fuera un asunto de cosquillas interiores. Sin duda, cabe mantener el fuego de la intimidad, si es que uno regresa con vida de la mordida de Dios, pero resulta difícil imaginar esta intimidad como una doméstica satisfacción.