saber leer
noviembre 8, 2010 § Deja un comentario
Suele atribuirse al evangelista Juan la deriva mítica del cristianismo. Y, sin duda, esto de la preexistencia de Jesús junto a Dios desde el origen de los tiempos huele a fantasma (Jn 1, 1-3). No obstante, estamos lejos de comprender el alcance del prólogo con el que comienza el cuarto evangelio, mientras sigamos leyéndolo como si, en verdad, se refiriese a la Palabra de Dios, Jesús de Nazareth. La brutal imagen de Juan —a saber, la que sitúa de buen principio a un crucificado junto a Dios— bloquea, por inaceptable, cualquier posibilidad de una interpretación mítica de la vida y milagros de Jesús de Nazareth, aquélla en la que el Jesús es, precisamente, visto como un dios paseándose por la tierra. Y es que cualquier lector de Juan, de entrada ya sabe que ése del cual se dice que habitaba junto a Dios desde el origen de los tiempos, no es otro que aquel murió crucificado como un apestado de Dios. Nadie puede proclamar que el Crucificado era en el principio y el Crucificado estaba junto a Dios, sin trastocar la noción tipicamente religiosa de Dios. Como si el ser mismo de Dios no pudiera concebirse sin su identificación con el abandonado de Dios. Por eso mismo, a menos que se considere la Cruz como una anécdota, la declaración inicial no se centra tanto en Jesús de Nazareth como en Dios mismo: si el Crucificado es uno con Dios, si la Cruz forma parte de la definición de Dios —tal y como diríamos, si pensáramos in abstracto y no, como hace Juan, con imágenes—, entonces Dios para el hombre —aunque no desde el hombre— no es nada más allá de la Cruz. Que Dios no pueda percibirse sin el Crucificado —que no haya más experiencia de Dios que la que tiene lugar en el Gólgota— es aquello que difícilmente admitirá quien aún confie en la divinidad de las cimas. En este sentido, el prólogo de Juan sería propiamente y a pesar de las apariencias, un antimito: como si Juan hubiera empleado el lenguaje del mito para decir lo que ningún mito puede decir sin dejar de serlo. Al fin y al cabo, que la Cruz sea algo así como el destino mismo de Dios; que el sacrificio que reconcilia al hombre con Dios no esté del lado del hombre, sino del lado de Dios; que la víctima propiciatoria —el cordero del día del perdón— sea Dios mismo, el Dios que es uno con el abandonado de Dios… es algo que debería escandalizar a cualquiera con un mínimo de sensibilidad religiosa.
(La operación de Juan es semejante a la que realizará Duchamp al colocar un retrete en una sala de exposición: aquí ya no tenemos simplemente otra concepción, aunque polémica, de la belleza, sino la imposibilidad misma de seguir entendiendo lo bello a la manera de siempre. Pero éste ya es otro asunto….)