la vache qui rit

noviembre 10, 2010 § Deja un comentario

Nos preguntamos cuál puede ser la diferencia entre quien sufre la ausencia de Dios —su altura, su perfecta verticalidad— y quien defiende, simplemente, que no hay Dios. Nos preguntamos por dónde pasa la distinción entre el judío y el ateo. En principio, nos sentimos inclinados a decir que ambos constatan lo mismo, a saber: que no parece que haya nadie ahí arriba dispuesto a amparar nuestra existencia. Y fácilmente damos por sentado que estamos ante una diferencia que afecta únicamente a lo que ambos piensan, como si lo que estuviera en juego fueran tan solo diferentes maneras de enfocar un mismo asunto. Así en principio suponemos que unos prefieren creer que hay Dios a pesar de todo —y este todo es el inmenso sufrimiento de las víctimas de la Historia—, y otros prefieren defender que un Dios que no se manifiesta de ninguna manera es, sencillamente, un Dios imaginario. Pero nos equivocamos cuando suponemos que las diferentes visiones que aquí se manejan son tan solo opiniones disponibles. Si la diferencia afectara simplemente a lo que ambos, el judío y el ateo, tienen en la cabeza, entonces cabría la posibilidad de que, por los motivos que fueran, cualquiera de ellos cambiara de opinión, esto es, que el judío acabase renunciando a su creencia y que el ateo, al fin, cediera a las seducciones de la imaginación. Pero aquí cambiar de visión es cambiar de tipo de yo. Uno puede seguir siendo el mismo yo si deja de creer en extraterrestres buenos o en la existencia de unicornios, pero no si deja de estar sometido a la altura de Dios. O dicho con otras palabras: no es el mismo tipo de yo el que se encuentra sujeto a la ausencia de Dios que el que dice que no hay más que lo que hay. En el primer caso, el yo se encuentra abierto, fracturado por una demanda insatisfacible aunque insoslayable. En el segundo, el yo se sitúa enteramente bajo el horizonte de su posible satisfacción. Así, lo que está en juego no es lo adventicio de una vida, sino la posibilidad de vivir como aquel que ya no es de este mundo —como el deportado que, en definitiva, somos— o como las vacas que ríen mientras pueden.

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