física y química
diciembre 27, 2010 § Deja un comentario
Los hechos no bastan. El hecho, por ejemplo: aumentan en los niveles feniletilamina. Pero nadie cree estar enamorado por eso. Nadie se declara señalando tal o cual indicador de unos análisis clínicos. Si la atracción significa algo más es porque representa algo más, de hecho, cualquiera de esas películas románticas que hemos visto mil veces en el cine. Todo cuanto hacemos cobra sentido en la medida en que puede ser visto como imitación de lo que, de entrada, se nos impone como aquello que debe ser: el paradigma, el mito, la leyenda. No hay sentido si no es en relación con esas historias —con esas imágenes— que en cierto sentido se encuentran por encima de nuestras cabezas. Así pues, si quienes dicen amarse no pueden comprender su relación como la reproducción más o menos adecuada de La Cenicienta (o de cualquiera de sus variantes), entonces difícilmente podrán evitar la sensación de estar metidos en una simple relación contractual. El mito se opone al mero hecho como el heroísmo al oficio.
(Por eso, las historias bíblicas de amor resultan tan desconcertantes. En ellas los protagonistas no pueden reconocerse como partícipes de una historia arquetípica. Para ellos, esos miserables, no hay cielo que valga. Su pasión no reproduce ninguna pasión ejemplar, ningún historia de dioses, pues los dioses huyen donde no hay más que desierto. Quienes solo se tienen el uno al otro no tienen nada que imitar. Es más que absurdo decirle a la vieja prostituta de arrabal que el andrajoso que la olfatea es su Romeo. Por definición, entre los nadie no puede haber un amor emulable. Sin embargo, la convicción bíblica es incontestable: solo ellos —los nadie— pueden quererse con certeza. Como si solo pudiéramos amar al sufrir el peso de la inalcanzable altura de Dios.)
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