también hubo perros en Palestina
enero 16, 2011 § Deja un comentario
Las divergencias teológicas entre los evangelios —las distintas visiones sobre el Crucificado— suelen comprenderse como diferentes intentos de dar una respuesta a las cuestiones planteadas por las comunidades para las que fueron escritos. Así, ya de buen comienzo —cómo no— hubieron varias maneras de aproximarse a la «vida y milagros» de Jesús el nazareno. Sin embargo, este pluralismo incipiente oculta un conflicto inicial, a saber, el que medió entre los discípulos itinerantes, los discípulos que se tomaron el seguimiento de Jesús al pie de la letra, y los líderes de las primeras comunidades, fueran judeo o helenocristianas. Desde la óptica de los itinerantes, las comunidades, en tanto que inevitablemente tenían que dejar atrás el radicalismo de quienes no tienen donde reposar su cabeza, no podían hacer otra cosa que falsear el que parece fue el espíritu original de Jesús. Pero solo en el seno de las comunidades, la Cruz como revelación de Dios fue alcanzando mayor importancia que la «vida y milagros» de Jesús. De hecho, los evangelios no dejan de ser el relato de la pasión con una larga introducción (M. Kahler). Para los itinerantes —esa variante apocalíptica del cinismo heleno— lo decisivo no era la Cruz, la cual no dejaba de ser para ellos un mal imprevisto, sino, precisamente, el mensaje del maestro, la necesidad de una conversión ante la misericordia divina que precedía al final inminente de los tiempos. Si hubiera sido por los itinerantes, díficilmente hubiera habido cristianismo: difícilmente Jesús se hubiera convertido de predicador en predicado. Dios seguiría, inmutable, en el más allá. Que la verdad cristiana —la que confiesa que el Crucificado es Dios mismo crucificado, ni más ni menos que el Señor— sea en cierta medida la expresión de la dificultad para seguir a Jesús, tal cual, no deja de confirmar aquello que ya sabíamos: que Dios escribe con renglones torcidos. Lo que fácilmente se nos escapa, sin embargo, es que la revelación de Dios solo pudo tener lugar con el malentendido de Jesús.