una breve historia de la religión

enero 23, 2011 § Deja un comentario

El dato inicial es que tenemos sed. La cuestión es qué representa esta sed. Para los primeros hombres, la sed indicaría, sin ningún género de dudas, la existencia del agua. Nuestra sed refleja nuestra dependencia del agua. Sin el agua que cae del cielo estaríamos, sencillamente, muertos. Para los que vinieron después, ciertamente un poco más sofisticados, esta necesidad indicaría que, en el fondo, no somos más que agua. En este sentido creyeron que el agua que ahora deseamos es el agua que perdimos por el camino, cuando abandonamos el mar para poner los pies en tierra. Luego vinieron quienes fueron conscientes que nos habíamos quedado sin agua. Según estos agoreros la Tierra se secó debido a las cosas que hicimos. Pero fue a uno de estos a quien se le ocurrió la idea de que la sangre humana podría servir como agua caída del cielo. Y, así, creó una secta en la que unos darían su sangre para que otros pudieran seguir con vida. De hecho, no es una mala idea… sobre todo, si no hace falta pertenecer a la secta para merecer esa sangre. Finalmente, otros, siguiendo la pista de los sectarios, sospecharon que quizá en verdad solo los niños necesitan beber. La sed que sentimos de mayores sería propiamente un resto de nuestra infancia. Un hombre hecho y derecho puede —y por tanto debe— (re)negar (de) su sed y aceptar que la Tierra es, al fin y al cabo, un desierto. Para estos últimos, en vez de perder el tiempo buscando ese mar que ya nos bebimos, los hombres deberíamos aprender a no pronunciar el nombre de Dios en vano. Se gasta menos saliva.

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