Lao Tse en Treblinka

enero 25, 2011 § Deja un comentario

El comandante de Treblinka, Franz Stangl, hizo mal, pero no fue, como se dice, un mal hombre. Aunque actuara como el diablo, no fue, ciertamente, un diablo. Su modo de ser era como el de tantos otros: no especialmente amable, pero tampoco desagradable. Como la mayoría de los hombres, si hizo el mal —que lo hizo y enorme— fue porque se encontró sometido al peso de unas malas circunstancias. Al menos esto es lo que creemos fácilmente hoy en día. Los antiguos casi con toda probabilidad habrían dicho que, bajo esas circunstancias, sufrió el hechizo de un dios maligno. En cualquier caso, esto es lo que observamos: que los hombres y las mujeres no es que seamos buenos o malos, sino que hacemos el bien o el mal según a qué poder estemos sometidos. Que nos movemos como títeres sin dueño. Que el hombre en cuanto tal ha de permanecer a ras del suelo. Que nadie, al fin y al cabo, puede alcanzar la altura del sol sin que se le quemen las alas… Quien diga: «yo nunca haría esto porque soy de los buenos» —traducción: porque soy catequista, porque doy limosna, porque pertenezco a un grupo de revisión de vida…—, sencillamente, no sabe de lo que habla. Pues lo cierto es que nadie sabe nunca de lo que será capaz para lograr un poco más de vida. Madre e hija luchan a muerte por una manzana. El sacerdote delata a sus fieles para librarse del paredón. El sonderkommando acompaña a sus hijas a las cámaras de gas, haciéndoles creer que se verán después de la ducha. Los casos de embrutecimiento son incontables. Y, sin embargo ¿acaso no deberíamos decir estrictamente que solo la mayoría no sabe de qué será capaz? ¿Acaso no hubo quienes sí supieron, aunque fuera a tientas, de qué no serían capaces? ¿Acaso no existe la libertad de espíritu, la que distinguió, por ejemplo, a los mártires de los primeros siglos del cristianismo, aquéllos que, a ojos precisamente de los espirituales de la época, no dejaban de ser unos fundamentalistas? En principio, parece que solo podemos estar por encima de las circunstancias, esto es, liberarnos del mundo, estando sometidos a un más allá que no acaba de coincidir con nada del más acá. Y, sin embargo, la libertad de espíritu de quienes siguen, pongamos por caso, los dictados del Tao, no es la misma que la de quien, hundido hasta las cejas por el fango de los camposresponde absurdamente a la voz de un sub-normal. Puede que ambos estén por encima de sus circunstancias —puede que las circunstancias de hecho ya no les obliguen—, pero no por el mismo más allá. No cualquier más allá es el mismo más allá. En el primer caso, la vida es elevada por la imagen de una existencia sin mácula. En el segundo, por la huella —sangrante— de Dios. En el primero, la elevación pasa por soltar lastre, por desprenderse de todo cuanto está en ti y no te pertenece. Esto es, pasa por purificarse. En el segundo, pasa por responder a una demanda infinita. En el primero, la vida elevada se ajusta, según se supone, al modo de ser de Dios, a saber, el propio de una bondad incondicional. En el segundo, quien se eleva no se eleva porque haya sintonizado su vida con las vibraciones de Dios, sino porque se encuentra sometido al imperativo de un Dios que no aparece por ningún lado…

Pero si tenemos en cuenta todo esto ¿cómo es que aún metemos a cualquier santo en el mismo saco? ¿Es que aún no lo hemos comprendido bien? ¿Es posible que aún no hayamos visto lo cerca que se encuentra Abraham del nihilismo? ¿Cómo seguimos anhelando en nombre de Dios el aire puro de las cimas, cuando se nos dijo que Dios es irrespirable? ¿Acaso creemos que puede oler bien quien se encuentra en las cloacas? La convicción bíblica es que nada de lo que pueda hacer el hombre por alcanzar a Dios le justifica ante Dios. Traducción: ninguna purificación —ninguna ablación— nos sitúa correctamente ante Dios. La mancha es imborrable. Si el hombre es capaz de Dios no es porque pueda llegar a ser puro como acaso solo pueda serlo Dios mismo, sino porque puede responder a la llamada de Dios. De hecho, solo quien vive a flor de piel que ya no puede ser como Dios —solo quien vive doblegado por su mancha, sepultado por sus propios excrementos— puede en verdad responder a un Dios cuya única imagen es la de un abandonado de Dios y no la de una vida purificada. Por eso, para Dios no hay más elevación —no hay más resurrección— que la de la carne, ese estigma. Como si para Dios no hubiera otra pureza que la de esa puta que abraza a su cliente, ese cerdo, por compasión. Lao Tse en Treblinka no es un ejemplo. Es una afrenta a Dios.

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