no todo caballo se deja montar
enero 25, 2011 Comentarios desactivados en no todo caballo se deja montar
Es sabido que Pablo se opuso a la circuncisión de los cristianos que procedían del mundo gentil. No hacía falta circuncidarse para pertenecer a Cristo. También sabemos que fue Pablo quien se llevó el gato al agua. De hecho, hoy en día estamos en la orillla de Pablo y no en la de Pedro o Jacobo, el hermano de Jesús. Y, así, nos seguimos preguntando cómo es que para Pedro y sus muchachos las formas eran tan importantes. Sin embargo, en realidad no se trató de una disputa meramente formal. Lo que estaba en juego era quién podía en verdad dar testimonio de Dios. Supongamos que los judíos de por aquel entonces hubieran sido los supervivientes de los campos de antes de ayer y la circuncisión, el número que los prisioneros llevaban tatutados en el brazo. Es comprensible, pues, que un Pedro dijera: «solo quienes llevan ese número saben lo que es encontrarse bajo Dios. Cualquiera que no lleve la piel marcada solo puede hablar de oídas». Así pues, no debería extrañarnos que quienes habían estado efectivamente en los campos —quienes habían sufrido la trascendencia de Dios— no pudieran aceptar la demanda de Pablo. Para ellos una exigencia de ese tipo solo podía, en principio, trivializar la experiencia de Dios. Como si el Dios de Pablo hubiera dejado de ser el Dios de los pobres. Sin embargo, Pablo sigue siendo muy judío cuando defiende la contingencia de la circuncisión. Un judío tenía muy claro que, aunque todos se encontraban bajo Dios —esto es, dejados de la mano de Dios—, solo los profetas podían dar testimonio de ese abandono como la experiencia misma de Dios. La fe del pueblo —la fe común— es la fe de sus patriarcas porque es la fe en sus patriarcas. Lo único que hace Pablo es cambiar el signo de la circuncisión por el de la Cruz… y esto no es posible sin que Dios pase a ser un Dios crucificado, algo de lo que probablemente ni el mismo Pablo era del todo consciente. Sin duda, los que fueron en verdad circuncidados tuvieron una experiencia de Dios. Pero, si Pablo, tiene razón —que la tiene—, entonces no es necesario tener una experiencia directa de Dios, esto es, sufrir su trascendencia —tener en la piel el número de los campos— para ser de Dios. El Crucificado la ha tenido por nosotros, esto es, en nuestro lugar… y de una vez para siempre. Basta, pues, con reconocer —confesar— que no hay más vida que la que se encuentra clavada en una Cruz para estar correctamente ante Dios. Esto parece bien poca cosa… como bien se lo hicieron notar a Pablo sus adversarios. Pero quienes acusaban a Pablo de ver las cosas desde la distancia del espectador, no comprendieron que con el dar Fe va el descenso hacia el escenario. Y es que quienes confiesan sinceramente que el Crucificado es el Señor es porque de algún modo no escuchan otra voz en su interior que el clamor de quienes sufren en verdad el peso de Dios.