Job’s

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en Job’s

En el mundo antiguo —un mundo animado por presencias invisibles, un mundo que da por hecho que todo se encuentra lleno de dioses— ¿cómo expresar la revelación misma de lo real, de aquello que se encuentra más allá de la distinción mítica entre la deidad y la alimaña, si no es por medio de una imagen de Dios? Sin embargo, si es que tiene que representar esa irrupción, el asalto de la gran opacidad, no puede tratarse de una imagen al servicio de la lógica típicamente religiosa del do ut des. De ahí, el rostro imposible del Dios del monoteísmo, el mismo que doblega el espinazo de Job, el Dios que, en tanto que se ubica, como quien dice, más allá del cielo y la tierra, no puede ni siquiera ser reconocido como divinidad. Una divinidad, por defecto, admite un trato y el Dios de Job es, ciertamente, intratable. Pocas veces caemos en la cuenta de que el Creador —el Dios del séptimo día— es Señor de la luz y la oscuridad, el mismo que declara por medio del profeta algo tan desconcertante como que «yo provoco el bienestar y la desgracia» (Is 45, 7). Un mundo creado —un mundo sometido a la radical trascendencia de Dios y, por tanto, a su imposible facticidad—, más que atravesado por el aura de lo numinoso, es un mundo pendiente del hilo de una última palabra. Si la realidad de Dios —si Dios en sí mismo— se encuentra, por defecto, más allá del cielo y del infierno; si la escisión entre bien y mal es tan solo humanamente relevante, aun cuando esto no sea poca cosa, entonces nada hay aún decidido en la Creación. La imagen de una divinidad sin tara, aquella que, sea cual sea su aspecto, sirve de horizonte de la existencia humana, es tan solo eso, una imagen, un presencia fantasmal, una fabulación. La indistinción propia de lo real —su carácter impenetrable— continúa al margen y, por eso mismo, cualquiera de las posibilidades humanas, cualquier figura con la que el hombre pueda identificarse, sea divina o demoniaca, se halla bajo la sospecha de lo artificial. Mientras Dios siga encontrándose más allá del cielo y del infierno, todo en verdad se encuentra aún por venir. Y quizá sea por esto mismo que un creyente no puede confiar en otra cosa que en un acontecimiento mesiánico, el que precede a la irrupción del Juicio de Dios. Esperar en creyente es esperar la favorable decisión de Dios, el imposible final del tiempo. La esperanza creyente no puede comprendrese, pues, como una evolución del mundo. ¿Acaso esperar que el león coma hierba supone esperar algo del mundo? Por eso el hombre que se encuentra ante ese Dios, el verdadero, no puede dejar de invocarle de rodillas. Somos los que seguimos sin saber nada de lo que pueda ser Dios en sí mismo. Somos los que permanecemos a la espera de Dios. La fe que nos permite habitar el mundo en pie —la creencia en la posibilidad de lo inmaculado— es, al fin y al cabo, una fe basada en una imagen hecha a nuestra medida, nada verdadero en definitiva. No debería extrañarnos, pues, que la resistencia del hombre a admitir un Dios demasiado real se ponga de manifiesto incluso donde, en principio, no debería: en el seno mismo de los textos bíbilcos. ¿Cómo, si no, comprender el añadido de un happy end al libro de Job?

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