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febrero 26, 2011 Comentarios desactivados en H2O

Decir que de Dios en sí mismo tan solo tenemos un nombre equivale a decir que de Dios no hay atributos que valgan. Ni siquiera el de la bondad. Estrictamente hablando un nombre sin referencia es un símbolo, algo cuya referencia está por ver. Como cuando nos encontramos con un trazo indescifrable en una piedra de la antigüedad o como cuando el silencio sucede al ruido del mundo (1 Re 19 11-13): Dios es siempre el que debe acontecer —o mejor dicho: el que se encuentra por volver. Ciertamente, alguien aquí podría levantar la mano y poner sobre la mesa aquellas citas bíblicas que caracterizan a Dios como, por ejemplo, misericordioso. Sin embargo, quien proceda de este modo olvida las otras citas, las que lo comprenden, precisamente, como terrible. Así pues, si los atributos son tan contradictorios es que, en realidad, no atribuyen nada. Decir que Dios es bueno y, al mismo tiempo, cruel es no decir nada de Dios. En todo caso, supone decir que tanto la bendición como la desgracia son debidos a la trascendencia de Dios, al eclipse del séptimo día. Solo bajo el prisma deformado del helenismo podemos dar por sentado que el Dios bíblico posee una naturaleza, un modo de ser. Desde la experiencia veterotestamentaria de Dios, lo único que podemos decir de Dios es que, en tanto que vivimos de su ausencia, Dios sigue pendiente como el por-venir absoluto del mundo, esto es, como su término o final. Y es que la realidad de Dios, al fin y al cabo, no puede comprenderse como la de una molécula de agua, la cual, como sabemos, puede adoptar tres estados diferentes. Hay señales de Dios, pero nunca son las que esperábamos. Y es que de Dios no hay más señal que la que nos señala como culpables, literalmente, como aquellos que aún deben responder. ¿O es que acaso alguien puede admitir como señal el llanto, el clamor que le distingue como aquel que, de entrada, se encuentra como Caín, fuera de lugar?

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