utopía

marzo 10, 2011 Comentarios desactivados en utopía

 

 

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¿Cuál es el inconveniente de este ideal y, por extensión, de cualquier ideal? Pues que, casi sin darnos cuenta, se nos cuela la convicción de que el hombre tiene remedio… siempre y cuando logre un completo dominio de su entorno o, en última instancia, de sí mismo. Como si nuestro extravío no fuera, de hecho, congénito, sino circunstancial. De hecho, una fábula moral siempre resulta demasiado buena como para ser verdad. El polvo, sin embargo, sigue ahí, debajo de la alfombra. Hay que ser muy ingénuos para creer que los protagonistas del spot no incubarán ningún resentimiento, ninguna perturbación, ninguna falta de coincidencia consigo mismos… De hecho, si en verdad no quedara en ellos ningún rastro de maldad —si la reconciliación fuera completa— serían, al fin y al cabo, unos inconscientes, unos bichos felices. Se trata de pura lógica: nadie puede resolver su carencia, sin abandonar su humanidad. Y es que donde el hombre supera su indefinición característica, donde se aleja de la situación que le es propia, ése no acabar de ser ni una cosa ni otra, ni bestia ni dios, donde realiza, al fin y al cabo, el sueño de vivir como los ángeles, deja sencillamente de ser lo que es, a saber, un cuerpo con alma o, por decirlo de otro modo, ése extraño de sí. Ya lo hemos dicho otras veces: en tanto que consciente de sí mismo, el hombre no acaba de coincidir consigo mismo. El desajuste interior es la raíz de la profundidad y, en definitiva, del hecho de que existimos arrojados a un futuro absoluto, inconcebible. Nuestro futuro no es, así, una posibilidad del cuerpo, en tanto que esta posibilidad es, por defecto, inteligible, sino una posibilidad que, en tanto que va con nuestro desarraigo, con nuestro esencial no acabar de ser en ningún modo de ser, siempre se halla fuera de lo fácticamente posible. Si estamos siempre más allá de nosotros mismos es porque nunca nos encontramos donde estamos. O por decirlo con otras palabras, si somos quienes existen sometidos a una imposible posibilidad es porque somos, en definitiva, quienes debemos lograr una reconciliación que no podemos alcanzar sin entregar nuestra alma al diablo. Quizá sea por esto mismo que la esperanza bíblica —aquella que confía, por ejemplo, en que el león comerá hierba (Is 11, 6-7)— no pueda comprenderse como un perfeccionamiento del hombre y, por tanto, como una prolongación del mundo, sino como un tiempo absoluto, es decir, un tiempo que, en tanto que separado de cualquier tiempo anterior, resulta inviable. Así pues y contra pronóstico, la esperanza bíbilica, como la imposible posibilidad que es, lejos de proyectar al hombre hacia un mundo ideal, le mantiene en su estado, en su situación ante Dios, en su indigencia. Esperar que el león com hierba es vivir de rodillas, pendientes de la decisión de un Dios del que no podemos hacernos la más mínima idea. Vivir, por tanto, a ras del suelo como aquel aplastado por la altura de Dios. Y quizá por eso mismo esa esperanza solo pueda ser tomada en serio por quien no puede admitir en carne propia que el hecho incuestionable del mundo, a saber, que la vida nos ha sido dada, precisamente, desde la nada —el milagro del inicio—, termina, en cualquier caso y no solo a causa de nuestro error o impericia, por corromperse. Al fin y al cabo, una exigencia sin ideal solo puede soportarse como el por-venir mismo de Dios.

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