tomarse un café en «la torre» da mucho de sí

marzo 23, 2011 Comentarios desactivados en tomarse un café en «la torre» da mucho de sí

Una chica le dice a otra: «al final decidí abortar y tampoco hay para tanto. En el fondo el feto es como un tumor, un amasijo de células.» Esta es precisamente la cuestión, ¿qué es un feto? O en general: ¿qué es cualquier cosa con la que pueda toparme? Y lo cierto es que no podemos resolverla simplemente abriendo los ojos. Si únicamente nos limitamos a abrir los ojos, todo lo que veamos se nos dará según nuestra medida. ¿Qué es, por ejemplo, esa chica que tengo frente a mí? ¿Un cuerpo más o menos deseable? ¿Una pija? ¿Una cheerleader? ¿Una madre? ¿Tan solo un ser humano? ¿Una historia? Sea lo que sea siempre se me dará como una cosa u otra, esto es, según sea mi situación o interés. Ningún padre, pongamos por caso, puede ver a su hija como ve a su esposa. Un padre siempre verá a su hija, precisamente, como hija… aun cuando sepa que cualquier otro hombre pueda verla como acaso él mismo ve al resto de las mujeres. Cuando abrimos los ojos, no dibujamos en ningún caso lo que es el paisaje en sí. Siempre reproducimos una determinada visión del paisaje. Por tanto, decir que el feto es un amasijo de células es como decir que tal o cual chica es para el salido de turno un simple culo. No hay más objetividad en un caso que en otro. Si alguien no ve en el feto más que un amasijo de células es porque el propósito que sostiene su visión de la jugada no es otro que el de una fría manipulación. La cuestión es si el interés de la manipulación, en el fondo el propio de la racionalidad técnica, puede decidir lo que las cosas son en última instancia. Si las cosas son algo en última instancia es porque no hay nada más que lo que esas mismas cosas muestran ser en esa última instancia. Ahora bien, ¿qué puede ser esa última instancia, sino la antesala misma de la nada? Por consiguiente, ante la posibilidad de la nada, una cosa no es aparentemente más que una mera cosa. Parece, pues, que la abortista tenga razón: al fin y al cabo, un feto no es más que una cosa. Sin embargo, precisamente por eso mismo —porque no hay nada más allá de la mera cosa—, la mera cosa se revela como lo que debe ser protegido a toda costa de la nada. O por decirlo de otro modo: porque en última instancia un feto es, precisamente, vida arrancada de la nada, la vida de ese amasijo de células se nos impone como vida que debe ser preservada de la muerte, esto es, como vida sagrada. Cualquier otra visión de este asunto es siempre algo demasiado personal como para que no sea, una vez más, expresión de nuestra estrechez de miras, por no decir, miseria.

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