un huevo de pascua no es un huevo Kinder
abril 28, 2011 Comentarios desactivados en un huevo de pascua no es un huevo Kinder
La Resurrección nunca fue un hecho. El Crucificado, de hecho, siguió en la fosa común. Tampoco vale aquí aquello de que su cuerpo muere pero no su espíritu, pues los relatos evangélicos insisten, aunque a su manera, en que la Resurrección no es un asunto meramente espiritual. Por tanto, no se trata de que la muerte no afecte al espíritu ni, por supuesto, de una historia de zombies bonachones. ¿De qué se trata, pues? En el fondo, de Dios. Algo se nos dice de Dios por medio del relato de la Resurrección. Veamos primero de qué va el asunto. El acontecimiento descrito es, por descontado, que el Crucificado fue elevado a la derecha del Padre. O también: que Dios le resucitó de entre los muertos. Cualquier judío de la época sabe que se le está hablando del Juicio Final, pues la resurrección era lo que tenía que darse para que, precisamente, incluso los muertos pudieran ser juzgados por Dios. Al decir que Jesús fue elevado lo que se dice, sencillamente, es que Jesús es el primero de los salvados. O bien, que ya han comenzado los días finales. No obstante, si solo se tratara de esto, entonces la Resurrección no revelaría nada nuevo de Dios. Los judíos ya daban por sentado que Dios juzgará a vivos y a muertos en el final de los tiempos, aun cuando no estaban tan dispuestos a aceptar que el Juicio de Dios se hubiera iniciado el día de la Crucifixión. Pero, insisto, si solo se nos hubiera querido decir que el Juicio Final ya había empezado, tampoco se nos habría dicho nada nuevo acerca de Dios. Para comprender por qué la Resurrección constituye, sobre todo, la revelación definitiva de Dios, hemos de suponer algo que modernamente nos cuesta suponer, a saber: que la verdad de la Resurrección no puede verificarse contrastando aisladamente el enunciado «Jesús ha resucitado de entre los muertos» o bien, «el que fue Crucificado ha sido elevado a la derecha del Padre» como quien certifica, por ejemplo, que la nieve es blanca. Como decíamos de buen comienzo, la Resurrección nunca fue un hecho. La Resurrección es en verdad la respuesta a la pregunta sobre el significado de la Cruz. La cuestión crucial, aquella que tuvieron que plantearse necesariamente sus discípulos, es qué representa —literalmente, qué hace presente de nuevo— la crucifixión del enviado de Dios. Por tanto, para entender la Resurrección hay que tener presente el relato de la Pasión y, por extensión, la vida y milagros de ese profeta escatológico que, según cuentan, fue Jesús de Nazareth. Y los pasos de esta historia podrían resumirse del siguiente modo: en primer lugar, tenemos a un hombre que parecía contar con el espíritu —la fuerza— de Dios. Ese hombre parece que incluso fue capaz, de resucitar a los muertos. Traducción: parece que fue capaz de levantar a los mussëlman de Galilea, aquellos hombres y mujeres poseídos ya por el espíritu de la muerte, sin alma, sin vida por delante. En segundo lugar, ese mismo hombre, sin embargo, no fue capaz de derrotar el mal en su raíz, esto es, no fue capaz de transformar el corazón de sus verdugos. La conclusión es inmediata: no parece, pues, que Dios estuviera con él, al menos, en los momentos decisivos. Si lo hubiera estado, entonces nadie hubiese podido resistirse al poder de esa bondad. De hecho, nadie puso en duda que Jesús murió como un abandonado de Dios. Capítulo final: soprendentemente, ese abandonado de Dios —ese muerto— acaba perdonando a sus verdugos. El último aliento —el espíritu— del Crucificado es, por tanto, una palabra que intercede ante Dios por la salvación de aquellos que no merecen ninguna compasión. Conviene aquí ver que ese perdón, precisamente porque se trata del perdón de un muerto, se nos da, como quien dice, desde el más allá de la muerte. Así pues, no estamos hablando de un gesto moral… pero tampoco de una posesión divina. La cuestión sobre quién, en esa Cruz, perdona lo imperdonable permanece, por consiguiente, abierta. Si el sujeto de ese perdón hubiera sido solo un hombre —si se tratara, en principio, solo de un gesto moral—, entonces propiamente estaríamos ante un gesto de dudosa moralidad. En el perdón humano de lo imperdonable no hay nada que admirar, pues nadie puede reconocer ese perdón como justo. Más aún: como nos recordaba Jean Amery a propósito de su experiencia con las SS, el verdugo solo puede recuperar la dignidad de lo humano donde acepta la condena de sus víctimas. Por otra parte, si el crucificado hubiese sido capaz de perdonar lo imperdonable porque el espíritu de un dios sin rencor había tomado posesión de él antes de expirar —como en el exorcista pero en bueno—, entonces ese perdón nada tendría que ver con nosotros. Se trataría, sencillamente, de un fenómeno paranormal. Como decíamos: la cuestión del sujeto de ese perdón permanece esencialmente abierta. Ni solo un hombre, ni solo un Dios. Estrictamente, un Dios y hombre verdaderos. Y, en realidad, solo hay un modo de admitir este absurdo: si ese perdón puede comprenderse como el perdón mismo de Dios —y, por tanto, como el Juicio que comienza extrañamente con nuestra absolución— es solo porque Dios desciende hasta la altura de la Cruz. O por decirlo a la inversa: el Día del Juicio —el día en que unos serán los elevados y otros los hundidos— comienza en esa Cruz solo porque Dios, renunciando a su altura, se identifica por entero con el que sufre el abandono de Dios. Esto es, solo porque Dios se deja caer hasta morir en Cruz. ¿Qué se nos revela, por tanto, de Dios aquí? Pues que la entrega del Hijo no es propiamente heroica, sino la otra cara de la inmolación del Padre. Quizá el relato de la Resurrección no pretenda transmitirnos, aunque sea cifradamente, nada más que esto: que si el Crucificado es situado a la altura de Dios como Crucificado —esto es, no como si fuese un espíritu puro— es porque Dios desciende hasta la altura de la Cruz. Al fin y al cabo, lo que cristianamente confesamos es que el Espíritu de Dios —lo único que nos queda de Dios— no es otro que el espíritu de perdón de un Crucificado, en verdad, su último aliento. Que esta poca cosa —que un hálito de vida— sea lo definitivo de nuestra existencia es algo que, ciertamente, aún estamos lejos de comprender.