prejuicios
mayo 6, 2011 Comentarios desactivados en prejuicios
Por lo común, quienes se preguntan por la agonía del cristianismo, dan por descontado que antes, a diferencia de hoy en día, los creyentes sí que creían de verdad. Como si la distancia reflexiva propia de nuestros tiempos nos impidiera dirigirnos directamente a Dios y solo nos dejara emplear el recurso de la cita: «como diría el creyente, confío en ti Señor«… O, por poner otro ejemplo: como si antes los amantes hubieran sido capaces de decir directamente te amo y ahora solo pudieran recurrir al irónico «como diría el poeta, te amo«. Sin embargo, es posible que hoy en día estemos en una situación más parecida a la originaria de lo que suponemos, pues nunca la fe se impuso con la inmediatez que algunos le suponen. En el AT, pongamos por caso, tan solo Moisés pudo ver a Dios cara a cara —tan solo él pudo encararle— y, aun y así, únicamente alcanzó a verle la espalda (Ex 33). Por eso, faltan a la verdad quienes dan por sentado que Dios se encuentra ahí, por encima de nuestras cabezas, esperando a que le hagamos una llamada. Una de las constantes bíblicas es, precisamente, que no es el hombre quien llama a Dios —pues, el hombre siempre reclama una divinidad a su medida—, sino Dios quien llama al hombre… aunque sea de un modo inaceptable para el hombre. O lo que es lo mismo, Dios no se ofrece al hombre como aquel que satisface su deseo de Dios. Un Dios que se identifica con los huérfanos de la tierra no puede satisfacer —es obvio— ningún deseo. Más bien es ese Dios quien tiene necesidad del hombre. Más aún: si Dios se da como promesa de sí mismo —si Dios se da como el por-venir de Dios—, entonces Dios no se pone de manifiesto en el modo del presente, ni siquiera como el sujeto agente que explicaría ciertos acontecimientos extraordinarios. En realidad, éste es el supuesto básico del paganismo: que pueden rastrearse los indicios de una divinidad presente. Sin duda, hay indicios de Dios. Pero son los que ningún hombre podría admitir como propios de un dios: el clamor de los desgraciados, el pellejo de un Crucificado. Encontrarse bajo la altura de Dios significa, pues, que nada hay superior —nada hay más alto— que el rostro desencajado de las víctimas. Poco que ver, diría, con las conexiones astrales a las que aspiran quienes todavía desean una experiencia de Dios.