nietzscheanas 16
mayo 7, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 16
La historia de Occidente en tres pasos —o cómo nuestro mundo ha llegado a ser el que es—:
a) de entrada, como es obvio, vivimos de nuestro espejismo. La vida que nos traemos entre manos nada vale por sí misma, sino solo en relación con lo que, según parece, sí vale en verdad, a saber, la vida que viven los dioses —hoy diríamos la vida de nuestras estrellas mediáticas—. Así, por ejemplo, el trato que podamos tener con esa chica —o ese chico— vale la pena, si puede comprenderse como un calco más o menos afortunado del amor mítico, es decir, de las grandes pasiones que vimos en las películas de nuestra infancia. Un amor que no represente ni siquiera por aproximación el amor verdadero de las ‘películas’, difícilmente podrá ser vivido como tal. Nadie se ilusiona con un simple contrato o desempeñando la rutina de un oficio. Es así que el típico derecho a roce no suele ir muy lejos. A menos que el otro sea un simple rascador, una cosa entre otras, quienes juegan este juego, tarde o temprano, se van a preguntar qué significa lo suyo, pues nadie puede admitir fácilmente ser una cosa entre otras. De entrada, pues, la vida que vivimos en el más acá encuentra su medida en el nivel del más allá. La vida de buen comienzo vale solo con respecto a lo que, en cierto modo, se sitúa fuera de la mera vida.
NB: ¿qué añade a todo esto el cristianismo? Por decirlo rápidamente, un mito para los pobres. Tras la irrupción del cristianismo en la antigüedad greco-romana, los pobres poseeran su propia historia ejemplar y, por eso mismo, su vida, como la de los nobles, podrá tener un cierto valor. No es casual, pues, que hoy en día un madurete repartidor de pizzas pueda creer con facilidad que su vida no ha fracasado: situado en las postrimerías del cristianismo, aún dispone de unas cuantas variantes del mito cristiano, películas del tipo el-repartidor-enmascarado-que-salva-al-mundo-del-ataque-alienígena. Estas películas son impensables en una cultura para la que el paria es simplemente un infrahumano, alguien que en modo alguno podrá realizar las posibilidades de lo humano.
b) deviene la catástrofe, literalmente, la caída del cielo. Dios no puede tener lugar en un universo homogéneo y ciego, en donde la antigua división entre un inmaculado más allá y el imperfecto más acá llega a ser impertinente. Dios, por consiguiente, ha muerto. La vida del Dios ya no es una vida real. No hay más vida que la nuestra y, como acabamos de ver, nuestra vida, por sí misma, carece de valor. Un Dios muerto es un Dios que solo tiene que ver con los apuros del creyente. El nihilismo —la falta de valor de la mera vida, el eterno retorno de lo mismo— se revela, al fin y al cabo, como el destino mismo de Occidente, del mismo modo que, tarde o temprano, cae en la depresión quien creyó durante demasiado tiempo en los cuentos de hadas.
c) si todo vale por igual —y, por tanto, nada vale en verdad—; si no hay nada de valor que merezca un sagrado respeto y, por tanto, que se muestre como algo intocable, entonces el principio formal de la vida moral —el no todo lo que puede hacerse, debe hacerse— ya no puede justificarse. En su lugar encontrarmos el propio del dominio técnico del mundo: si es posible, debe hacerse. De este modo, si es posible modificar nuestro código genético para vivir mil años como si tuviéramos veinte, se hará; si es posible multiplicar hasta el infinito las capacidades del cerebro humano, se hará. Ahora bien, esto significa que un hombre abandonado a la lógica de una evolución es un hombre sin definición moral. El tabú, la prohibición cuya transgresión nos sepulta en la vergüenza, solo afectará, en el mejor de los casos, a grupos concretos de individuos, pero no a la especie. O como dijo el mismo Nietzcshe: donde muere Dios, muere también el hombre, pues es obvio que el hombre de los mil años ya no será uno de los nuestros. Seguirán, sin duda, habiendo hombres, pero el hombre será dejado atrás como lo fue en su momento el mono. Un hombre sin Dios es un hombre que se supera a sí mismo ad infinitum. Ahora bien, no todos podrán seguir la vía de esta superación. Donde muere Dios —el Dios que nos hermana en la tara—, se hace de nuevo evidente que no somos iguales: unos podrán llegar a ser algo más y otros no. El porvernir del hombre no es, por tanto, un hombre ideal, sino un ser que ya no podrá reconocerse en quien le engendró: un Frankenstein, un Terminator, un superhombre. Pero se trata de la misma historia de siempre —del eterno retorno de lo mismo—, pues ¿acaso el padre del hombre no fue un chimpancé?