modus vivendi

mayo 16, 2011 Comentarios desactivados en modus vivendi

Ciertamente, vibramos. O mejor dicho: vibra nuestro cuerpo. Si el agua cristaliza de un modo u otro dependiendo de qué música escucha, ¿cómo no va a afectarnos las ondas que desprenden los demás? ¿Quién no se ha sentido un hombre bueno en compañía de quienes desprenden bondad como quien respira? Puede que baste con una cita del libro de Masaru Emoto para comprender de qué estamos hablando: «aquellos pensamientos de fracaso quedan también representados en los objetos físicos que nos rodean. Ahora que somos conscientes de eso, quizá podamos comenzar a darnos cuenta de que, incluso cuando los resultados inmediatos no son visibles a ojos humanos, ellos están ahí. Cuando amamos nuestros propios cuerpos, ellos responden. Cuando nos sentimos unidos a la Tierra, ella responde. Nuestro propio cuerpo está compuesto en un 70 por ciento de agua. Y la superficie de la tierra es también un 70 por ciento de agua. Hemos visto anteriormente la prueba de que el agua, lejos de estar inanimada, está realmente viva y responde a nuestros pensamientos y emociones. Quizá, habiendo visto esto, podamos comenzar a entender realmente el imponente poder que poseemos al elegir nuestros pensamientos e intenciones, para sanarnos a nosotros mismos, así como a los demás. Pero esto solo será posible si creemos en ese poder.» Ahora bien, con independencia del asunto este del agua, ¿no es ésta la convicción más elemental de quienes poseen una psique religiosa? ¿Acaso no se trata de una creencia común a todas las espiritualidades? De este modo, se nos exige tomar partido por una de las dos vibraciones, la buena y la mala, al fin y al cabo, por el Bien o el Mal. Ciertamente, cabe preguntarse si el Mal es propiamente una energía independiente o si, por el contrario, se trata de una completa ausencia de energía. En el primer caso, tendremos una variante del antiguo maniqueísmo. En el segundo, una actualización del monoteísmo. Pero, sea como sea, la religión, aunque despersonalizada, sigue en pie. Donde antes teníamos a Dios y al demonio, ambos con su personalidad, hoy tenemos fuerzas, luminosas u oscuras, buenas o malas vibraciones. Esta es, de hecho, la religión que corresponde a nuestra época científica, para la cual solo cuentan lo cuantificable. Una religión, al fin, con una divinidad qué reconocer, pero sin un dios al que dirigirse. El hombre, en cualquier caso, debe optar, hoy al igual que antes, entre el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza. Incluso el cristianismo puede sobrevivir, reinterpretado bajo esta clave… cosa la cual, por otra parte, supondría algo así como una victoria pírrica del gnosticismo que inicialmente condenó. Así, desde esta óptica, Jesús de Nazareth no sería más que un maestro de bondad entre otros o, si se prefiere, aquél que poseyó en grado sumo la fuerza de Dios —aquél que la encarnó en verdad—. Pero no parece que el cristianismo más ortodoxo defienda esta idea. Y no porque no sea verdad esto de las fuerzas, pues probablemente lo sea, sino porque no se trata de una última palabra o, mejor dicho, de una esperanza para quienes ya no pueden humanamente tenerla. Si lo fuese, no se entendería por qué Jesús de Nazareth, aquél que, según cuentan, estaba en posesión del espíritu de Dios, fracasó ante el mal rollo de los hombres. A menos que estemos dispuestos a creer que se trate simplemente de combatir… como en la guerra de las galaxias, en donde el Bien y el Mal se hallan, al menos de entrada, al mismo nivel. Bíblicamente, sin embargo, no parece que la lucha entre el Bien y el Mal pueda comprenderse como una lucha entre los dos lados de la fuerza. Es decir, porque constatemos que las buenas vibraciones provocan por contagio un aumento del Bien, no podemos deducir que el Bien sea técnicamente superior o que tendrá la última palabra. Lo único que demuestra el hecho de la fuerza es que lo semejante llama a lo semejante. En este sentido, una psique religiosa da por hecho que el mundo sería diferente, si todos hiciéramos bien las cosas, es decir, si todos nos pusiéramos, por ejemplo, a tener pensamientos positivos. Así, las cosas van mal porque no hacemos lo debido. De hecho, es taulógicamente evidente que si todos fueramos buenos el mundo sería otro mundo. Pero lo cierto es que no parece que podamos tener siempre buen rollo: que existir tiene que ver también —por no decir, sobre todo— con existir de espaldas a Dios. Como es sabido, uno de los mantras más arraigados del legado bíblico es que el hombre, por sí mismo, no es capaz de realizar el Bien. Más aún: la cuestión de cómo podemos sintonizar con las energías positivas no se plantea para quien se encuentra sometido a la voluntad de Dios. La cuestión es, precisamente, qué esperanza puede tener quien ya no puede pretender participar del buen orden de las cosas, por la memoria misma de los que yacen en las fosas comunes de la Historia. ¿Cómo decirle, por ejemplo, a la madre que acaba de perder a sus hijos en la cámara de gas, que se trata de sintonizar con Mozart? Así pues, quienes se encuentran ante el Dios bíblico, no se encuentran propiamente ante una fuerza, sino ante aquél que, en tanto que enteramente otro, se sitúa más allá de las fuerzas, sean buenas o malas, tal y como atestigua, con claridad inquietante, el bueno de Job. Y es que, en definitiva, cristianamente no se trata de transformar nuestra sensibilidad para hacernos semejantes a Dios —o por vibrar con el lado luminoso de la fuerza—, sino de responder al Dios que se identifica con los abandonados de Dios. El error típiamente religioso —aquél que denunció con ferocidad inadmisible Jesús de Nazareth— consiste en creer que para responder a Dios, para cumplir con su mandato, antes uno ha de ser como Dios.

PS: ambas muestras de agua helada fueron expuestas a la palabra «ángel» y «demonio», respectivamente. Así, mientras que la estructura de la segunda, aquélla que recibió la mala vibración, es oscura y amorfa, la estructura de la primera —aquélla que recibió la buena vibración— posee la belleza propia de un orden eterno.

 

ANGEL DEMONIO

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