hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (1)

mayo 23, 2011 Comentarios desactivados en hay jueves que terminan con un café en «la Torre» (1)

Un creyente es aquel que permanece vinculado a un más allá en el que no puede creer. O por decirlo de otro modo: un creyente se encuentra sometido a lo que en absoluto puede suceder y, sin embargo, debe suceder. No estamos hablando, con todo, de un ideal. Las imágenes ideales constituyen una expectativa, el horizonte regulativo de una acción transformadora, al fin y al cabo, una imagen de una posible, aunque difícil, vida divina. Pero las imágenes bíblicas del más allá son estrictamente increíbles. De hecho, son imágenes que funcionan como anti-expectativas. Nadie puede creer sensatamente que en el futuro el león comerá hierba. Esta posibilidad no es una posibilidad de nuestro mundo. Ahora bien, tampoco lo es de un mundo sobrenatural. Para la antigüedad el mundo natural era el reflejo corrupto del más allá. Pero que el león coma gacelas no puede comprenderse como un caso imperfecto de un león que come hierba: del mismo modo que un manzano que dé peras no puede ser estrictamente un manzano, un león que come hierba ya no puede ser de ninguna forma un león. Estamos, pues, ante las imágenes de un mundo imposible, literalmente, ante las imágenes de otro mundo. Y si estas son las imágenes de la otra vida, de una vida conforme a Dios, entonces hemos de admitir que Dios no puede irrumpir —intervenir, realizarse— en nuestro mundo. Tal y como creían los antiguos judíos sin pestañear, la irrupción de Dios supone el fin del mundo. La relación entre Dios y el mundo no pueda entenderse, así, como la relación entre lo perfecto y lo imperfecto. Dios no es un ideal que el hombre pueda asumir desde sí mismo. La cuestión es, precisamente, ¿cómo puede alguien creer en este Dios? ¿Qué significa este encontrarse sometido a un Dios imposible? ¿Qué experiencia nos obliga a esta fe? Aquí podríamos decir que el creyente necesita creer en ese imposible. Sin embargo, las imágenes que satisfacen nuestra necesidad —aquellas que mitigan nuestra angustia— no son, precisamente, inviables. Perfectamente podemos suponer, aunque sea a costa de nuestra madurez, que seguiremos por ahí después de la muerte. Pero las imágenes bíblicas no pretenden suprimir el vértigo de la muerte. Al contrario. De hecho, no hay muerte para quien supone que el alma es inmortal. La creencia en la inmortalidad del alma desactiva la seriedad de la muerte. Pero al hacerlo desactiva también la seriedad de la vida. En realidad, solo quien tiene presente la muerte puede abrazar la vida y, sin duda, no hay fe que no abrace la vida. ¿De qué se trata, pues?¿Las imágenes de la esperanza creyente qué revelan, si en verdad no responden a nuestra necesidad? Sin muerte, como acabamos de decir, no hay vida que valga. Un creyente no sabe nada del más allá —quién puede saberlo—. Pero, precisamente, para quien experimenta la vida como colgada del hilo de la muerte —para quien la vive como algo dado— no puede menos que no creer, contra toda evidencia, que la muerte —y, sobre todo, la muerte injusta— sea el final. Esto es: la creencia en un Dios imposible es el reverso de la experiencia misma de la vida como don. El creyente, en este sentido, está a un paso del nihilismo. Su esperanza no es en modo alguno ingénua. Pero si las fosas comunes de la Historia no revelen la bendición de la vida como mera ilusión es porque esa bendición permanece, a pesar de todo, como algo pegado a la propia piel. No es, por tanto, que el creyente crea como también puede no creer. La fe no se sostiene sobre una hipótesis. No estamos ante la visión de un espectador. De hecho, quien cree en lo imposible acaba haciendo lo imposible: como esa mujer judía que estaba a cargo de un orfanato en Israel porque perdíó a sus hijos en las cámaras de gas (https://kobinski.wordpress.com/2010/09/22/historias-biblicas-2/). Si otro mundo es posible —si tiene que haber otro mundo— es solo porque se nos dió la vida en un mundo donde la muerte tiene la última palabra. Al fin y al cabo, quizá tan solo puedan creer quienes deben tomarse la vida en serio —quienes deben responder por ella—. Como si el encontrarse sometido a esta esperanza sin expectativa fuera la otra cara de un encontrarse sometido al mandato de un Dios que brilla por su ausencia.

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