hermenéuticas
junio 6, 2011 Comentarios desactivados en hermenéuticas
Estamos lejos de comprender cómo funciona el discurso cristiano acerca de Dios, si nos preguntamos qué hecho puede corresponderse con la idea, por ejemplo, de un Dios inmutable. Con respecto a Dios, no es que primero tengamos una idea —una hipótesis— y luego nos preguntemos por su correspondencia con los hechos. Esto es lo que hacemos cuando está en juego una verdad acerca de los hechos, pero no cuando de lo que se trata es de negar que la verdad —mejor dicho: que aquello que en verdad tiene lugar— sea, precisamente, algo que tenga que ver con los hechos, ni siquiera con hechos supuestamente sobrenaturales. Efectivamente, cualquier discurso significativo acerca de lo que en realidad acontece, tarde o temprano se verá obligado a reconocer que lo que tiene lugar es siempre aquello que necesariamente es dejado atrás en el momento de su manifestación sensible. O por decirlo de un modo más grueso: no hay otra realidad que la que fue. Si Dios está siempre presente es porque el hecho de haber sido dejado atrás es algo así como la marca de todo lo visible. Todo cuanto se encuentra sensiblemente ahí está, por decirlo de algún modo, pendiente de realidad. Por eso lo que podamos decir significativamente acerca de lo real inevitablemente se afirmará polémicamente contra las opiniones que no ven más allá de un palmo de sus narices y que, por ello mismo, son incapaces de oler el carácter alejado de lo real. En este sentido, si los antiguos Padres se atrevieron a defender la inmutabilidad de Dios —una idea acuñada en las procelosas aguas del platonismo medio— fue para rechazar la convicción estoica de que Dios se identifica con el alma del mundo y, así, con el espíritu de una materia en continuo devenir. La inmutabilidad de Dios fue, por consiguiente, una especie de santo y seña de la fe monoteísta en la radical trascendencia de Dios, santo y seña que se afirmaba, precisamente, contra la deriva panteísta de una espiritualidad que de buen comienzo resultaba demasiado evidente —demasiado racional— como para coincidir con el inadmisible Dios de la Revelación. Toda teología es, por defecto, negativa, aun cuando, con intención polémica, se vista con el ropaje de un discurso positivo sobre la naturaleza de Dios.