ambivalencia creyente
septiembre 8, 2011 Comentarios desactivados en ambivalencia creyente
El dato es que los primeros cristianos no supieron a ciencia cierta qué decir acerca del Dios que se reveló en la Cruz. Por un lado, intuyeron firmemente que Dios se identificó con un maldito de Dios. Pero, por otro, se resistieron sensatamente a admitir que Dios pudiera morir. En este sentido, los paganos fueron más clarividentes: un Dios crucificado, no podía ser en modo alguno divino. De esta paradoja se alimenta, sin embargo, el cristianismo. Así, Tertuliano dice aquello de que es propio de los cristianos creer que Dios ha muerto… pero que, también y en cierto modo, sigue vivo por los siglos de los siglos. Atanasio, en su polémica con los arrianos y con los círculos de Apolinar, llegó a confesar sin rubor al Crucificado como Dios… aunque posteriormente se vió obligado a poner el freno de mano añadiendo que no en su divinidad, sino solo en su carne sufrió por nosotros. Orígenes fue apartado de la corriente ortodoxa por decir que Dios no fue propiamente crucificado, pues, como ya había señalado el romano Celso es imposible que un Dios pueda sufrir y, por extensión, morir. Agustín en su Ciudad de Dios menciona el desprecio de Porfirio hacia una fe que no hacía más que cantar a un Dios muerto. Meister Eckhart, unos cuantos siglos después, dirá que Dios tuvo que morir para que nosotros pudiéramos morir para el mundo. Los ejemplos son casi incontables. Sería un error, sin embargo, concluir que esta ambivalencia se debe a las dificultades de los primeros cristianos para reconocer lo que hoy en día podemos admitir sin grandes problemas, a saber, que hemos de vivir, como decía Bonhoeffer, etsi deus non daretur (como si Dios no existiera). Más bien, se trata de que los primeros cristianos estuvieron convencidos de que esto de Dios no acabó con su inmolación en una Cruz. De ahí que la teología, sea algo consubstancial a la experiencia misma de la fe. Si Jesús hubiera muerto solo como un enviado de Dios, tal y como tienden a creer espontaneamente muchos cristianos de hoy en día, no habría habido cristianismo. Pero si Dios murió en esa Cruz, tal y como intentan proclamar los primeros cristianos, entonces eso no puede confesarse sin alterar significativamente la noción misma de Dios. Como si Dios ya no pudiera concebirse salvo como historia de Dios. El cristiano que desprecia como vana especulación el férreo esfuerzo de los primeros cristianos por dar cuenta teológicamente de Dios no hace más que confirmar su natural tendencia al onanismo espiritual. Tendrá, sin duda, más cosquillas, pero no serán de Dios. No es la pasión por lo abstracto, sino la experiencia misma de un Dios que se revela como Crucificado, lo que nos obliga a dar cuenta pétreamente de Dios. Sea como sea, lo interesante aquí es constatar que, ya de buen comienzo, el sermo de la muerte de Dios se halla presente, dos mil años antes que Nietzsche y sus variantes, en el núcleo duro de la experiencia creyente. Otra cosa es que el catolicismo no sepa qué hacer con ello. Pero este quizá sea una de las razones de la actual tibieza de muchos cristianos que habitan en la noche en donde todos los gatos son pardos.