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septiembre 9, 2011 Comentarios desactivados en abejorro

Como es sabido, Sócrates recibió en vida diferentes apodos, el más llamativo de los cuales sería un equivalente a nuestra mosca cojonera. La razón es fácil de entender. Sócrates tenía la costumbre de interrumpir esos parloteos tejidos con grandes palabras haciendo una sencilla pregunta: de qué estamos hablando. El truco como tal es fácil, pues lo cierto es que sabemos —o mejor dicho, creemos saber— de lo que estamos hablando… mientras no nos lo preguntemos. Las palabras, sobre todo si son grandes, son como los tablones medio podridos de un puente colgante: el único modo de que aguanten nuestro peso es pasando rápidamente por encima. Así, todos nos llenamos la boca con palabras como libertad, justícia, felicidad, amor… sin que tengamos mucha idea de en qué consisten. Y no porque no sepamos decir nada aceptable sobre la libertad, la justicia o el amor, sino porque eso que decimos no dice gran cosa. Como si las grandes palabras no pudieran ir más allá del lenguaje. Digamos lo que digamos, la pregunta seguirá en el aire. Así decimos, por ejemplo, que amar es entregarse y nadie se atreverá a decir lo contrario. Pero lo cierto es que no parece que alguien pueda darlo todo sin que de algún modo se busque a sí mismo. O bien que libertad es hacer lo que uno quiere y no solo poder satisfacer un deseo, pues uno siempre cede a su deseo. Pero, ¿quién puede querer en verdad sin desear intensamente aquello que quiere…? Es por eso que el esfuerzo de la reflexión no puede llevarse a cabo en el seno de una comunidad. Más bien la interrumpe. Una comunidad solo puede sostenerse sobre lo que da demasiado fácilmente por sentado y la reflexión no puede dar nada por sentado, salvo esos prejuicios que hacen posible el ejercicio mismo de la razón como, por ejemplo, la idea de que, al fin y al cabo, todo es una y la misma cosa. No es casual que una buena parte de los que llevaron a cabo una vida socrática en la antigua Grecia acabaran siendo desterrados. El pensar siempre fue un asunto íntimo, algo que, en definitiva, se cuece como mucho entre quien lleva la voz cantante y unos pocos que preguntan y, sobre todo, escuchan. Pitágoras, otro que tal, exigía cinco años de silencio a sus discípulos. No hay aula que pueda soportar hoy en día tal disciplina.

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