ultra Platón
noviembre 5, 2011 § Deja un comentario
Comprender a Platón es comprender que hay Belleza –o Justicia o Verdad…– porque la Belleza –o la Justicia o la Verdad…– no se dan por entero. Esto es, porque siempre tenemos una belleza –o una justicia, o una verdad..– a medias, podemos decir que hay Belleza –o Justicia o Verdad–. Justo lo contrario de lo que se dice por ahí (y dijeron en su momento los sofistas), a saber, que no hay ni belleza, ni justicia, ni verdad… porque cada uno tiene su sentido de la belleza, la justicia, la verdad… Al fin y al cabo, todo es cuestión de estricta lógica. Si la realidad es lo que se pone de manifiesto de un modo u otro y nada se pone de manifiesto, si no es en relación con un punto de vista o sensibilidad, esto es, relativamente, entonces la realidad en sí misma siempre permanece en cierto sentido más allá de su manifestación. O lo que viene a ser lo mismo: si vemos la realidad –la Belleza, la Justícia, la Verdad…– es porque la realidad en sí misma es invisible, esto es, no se da, no se halla presente. Como si el hombre tan solo pudiera encarar lo real donde lo real ha sido dejado atrás, encubierto, olvidado… por el acontecimiento mismo de lo real. Como si solo pudiéramos habitar este mundo de cosas dándole la espalda a lo real, confundiendo, pues, las cosas con la realidad que representan. Lo real en sí mismo –lo real con independencia de su manifestación– es idea, la idea misma de lo real. O por decirlo de otro modo, de lo real en sí mismo tan solo poseemos una idea. Esta idea, sin embargo, no es solo un contenido mental, una idea que nos hacemos nosotros a la vista de las cosas que nos traemos entre manos, lo que se dice, una abstracción. De hecho, la idea es una exigencia o paradigma cuyo carácter es, precisamente, el de algo objetivo, inmodificable, exterior. Si las cosas bellas se muestran como bellas, es decir, nunca por entero, sino siempre relativamente es porque, al fin y al cabo, deben ser esa belleza que no acaban de encarnar. Si podemos decir que las cosas bellas no terminan de ser bellas es porque deberían serlo, porque solo pueden mostrarse como bellas mientras sigan apuntando a una belleza indiscutible, incondicional; porque, en definitiva, se encuentran en cierto modo sometidas al patrón de una belleza absoluta. Y porque esto es así, la Belleza, con mayúsculas, la idea misma de lo bello, se nos da como la posibilidad siempre abierta de cuestionar las bellezas particulares como la encarnación perfecta de lo bello. O por decirlo sin piedad: si podemos ver cosas es porque aquello que son las cosas en última instancia, esa cosa última a la que se reducen todas las cosas, no es, en realidad, una cosa, sino la posibilidad siempre posible de una cosa última, estrictamente, la idea de una cosa última, la idea de algo absolutamente uno, en platónico, la idea misma de Ser. Si podemos ver cosas, si las cosas se encuentran ahí como siendo lo que parecen, es porque siempre podemos preguntarnos por eso que son en última instancia.
(Sustitúyase, de paso, Belleza por Dios y tendremos un bonito tratado de teología platónica. Y, así, es posible que acabemos diciendo aquello tan bíblico de que Dios es, en el fondo, la posibilidad siempre abierta de impugnar al dios de la religión como una representación adecuada de Dios.)