millenium
abril 3, 2012 § Deja un comentario
En el último Millenium, el dedicado a la humanidad de Dios, pudimos ver, una vez más, lo que da de sí la intelectualidad cristiana por estos pagos. La cuestión inicial era si el precio que tuvo que pagar el cristianismo por su triunfo histórico no fue acaso el de una renuncia a sus orígenes. La cuestión que de hecho se planteó es si un cristianismo cuyo dogma principal es el de la Encarnación de Dios podía ser considerado propiamente como una religión. La verdad sin embargo es que no hubo debate, aun cuando las posiciones enfrentadas no eran fácilmente conciliables. En parte, porque el coloquio no se centró en la cuestión inicialmente planteada, debido sobre todo a la conducción errática de Ramón Colom. En parte, porque los tertulianos estaban más ocupados en que la sangre no llegara al río que en discutir. La tesis de JM Castillo, el autor del libro que pretendía centrar el debate —La Humanidad de Dios—, es fácil de sintetizar: el cristianismo, en tanto que el tema es Jesús y no Dios, es antes que nada una ética. De Dios, en sí, no sabemos nada. Lo único que sabemos, gracias a Jesús, es que una correcta relación con Dios solo puede darse como una correcta relación con el prójimo. Y es que, estrictamente hablando, nadie puede relacionarse directamente con la alteridad radical de Dios. Javier Melloni, por su lado, matizaba que la experiencia de Dios en verdad no puede comprenderse como la experiencia de lo absolutamente otro, sino más bien como la experiencia interior de una fuerza subyacente. Dios sería, desde esta óptica, el principio vital que anima y sostiene todo cuanto es, desde los hombres hasta las piedras. A pesar de los esfuerzos de JM Castillo por mostrarse totalmente de acuerdo con Javier Melloni, las posiciones no pueden ser más enfrentadas. Pues un Dios que, tal y como sostiene el relato bíblico, se sitúa más allá de la Creación, no puede determinarse a la manera del panteísmo, esto es, como si Dios fuera sinónimo del ser. Un Dios trascendente hasta la médula no puede entenderse según los modos del ser como si de un ente se tratara. El panteísmo no deja de ser una metafísica, aunque deficiente, y la experiencia bíblica de Dios en modo alguno admite la identificación de Dios con la Totalidad. De hecho, bíblicamente Dios se identifica con el pobre, no con el cosmos. Y si Dios llega ser uno con el pobre —el despojado, el sin Dios— es porque Dios se decanta en mayor medida del lado del no-ser que del ser. Xavier Morlans, por su parte, intentó poner el dedo en la llaga cuando defendía que un cristianismo que se redujera a una ética del compromiso social no podía albergar una experiencia de lo sagrado. JM Castillo, sin embargo, seguía sin entrar al trapo repitiendo su totalmente de acuerdo a modo de mantra, cuando lo cierto es que, según su tesis, cristianamente no hay nada más sagrado que el clamor de los pobres; que no cabe otra relación con Dios que la que se da como relación con un Crucificado y, por extensión, con los crucificados de este mundo. Que precisamenre porque Dios, en sí mismo, es algo que está aún por ver, no hay otro Dios que el Crucificado. Etc. Teresa Forcades, por su parte, prefirió cuestionar aquello de que de Dios, en sí mismo, no sabemos nada. Según ella, el dogma de la Trinidad expone, de hecho, el conocimiento cristiano de Dios, aquél que nos permite decir que Dios es una relación entre tres personas. Como si la Trinidad fuera algo que no acabamos de ver con claridad pero que, en cierto modo, se encuentra ahí. Pero lo cierto es que el misterio de la Trinidad como el misterio mismo de Dios solo es inteligible donde Dios solo se nos da como llamada —y de ahí el carácter personal de Dios— y no como una personificación de un sistema de fuerzas que bien pudieran comprenderse sin Dios mediante. De Josep Otón, el quinto participante, no sabría qué decir, pues, de hecho, tampoco entendí qué quería decir. En cualquier caso, esto es lo que hay. Y lo que hay es bien poca cosa.