como un extraño

abril 4, 2012 § Deja un comentario

O pertenecemos al mundo o no. Pero lo cierto es que no parece que podamos disolver la disyuntiva. Existimos entre el mundo y un más allá que solo simbólicamente podemos concebir como otro mundo. La reflexión de por sí —la conciencia de nosotros mismos— hace que dejemos de ser unos chimpancés perfectamente integrados en su medio. La reflexión nos aleja de cualquier modo de ser. Somos los que viven enajenados de su naturaleza, los que no acaban de coincidir con ellos mismos. Somos, en el fondo, los que encontramos a faltar una integridad. Sin embargo, no podemos abandonar el mundo. Nuestras necesidades nos mantienen ligados al poder de la circunstancia. Las figuras de la escisión —el discurso que distingue entre un cuerpo y un alma— son acaso las figuras definitivas de nuestra situación. Pues aquello que somos no admite una definición, sino que solo puede comprenderse en relación con un estado. Así, los hombres no somos más que un estar. Nadie se encuentra enteramente circunscrito a un modo de ser. Y por eso mismo es, al fin y al cabo, nadie. Ser alguien, más allá de la máscara, es ser un don nadie. De ahí que cualquier propuesta de integridad acabe siendo un integrismo o, lo que viene a ser lo mismo, una impostura. Y es que una integridad centrada en un modo de ser o bien nos transforma en bestias o bien en dioses. En cualquier caso, dejamos de ser quienes somos. Y, por eso mismo, no es algo que nos concierna. No podemos existir enteramente ni como aquellos que participan de los poderes del mundo, ni como seres de otro mundo. Por eso, el único modo de ser de una pieza allí donde no podemos ser de una pieza —el única vía de alcanzar una integridad estando entre el mundo y lo otro del mundo— sea respondiendo de rodillas a un mandato imposible. Como si no pudiéramos alcanzar otra reconciliación que la que ofrece una santa obsesión.

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