oyes voces

junio 5, 2012 § Deja un comentario

Fácilmente suponemos que para ver basta con abrir los ojos. Que los hechos se encuentran ahí para ser vistos. Sin embargo, las cosas no son tan simples. Supongamos que alguien oyera voces del más allá. El hecho indiscutible es que alguien percibe cierta clase de sonidos, que oye, precisamente, voces. La cuestión es de qué se trata en realidad, a qué remiten esas voces. Hoy entendemos que estamos ante una alucinación, un extravío, un síntoma. Pero antiguamente no lo hubieran dudado: las voces del más allá son efectivamente del más allá. Incluso en el caso de que hubieran admitido que los que oyen voces sufren algún tipo de transtorno, las voces seguirían siendo de otro mundo, pues lo que hubieran entendido es que el transtorno es una puerta de entrada a la trascendencia. Aquí lo importante es darse cuenta de que no estamos ante una descripción objetiva de hechos, por un lado, y una interpretación supersticiosa de esos mismos hechos, por otro. En ambos casos hay una interpretación o, mejor dicho, un prejuicio que determina cómo debe ser visto lo visto, al fin y al cabo, qué debe ser considerado como real. Las voces como simples voces no demuestran nada. Que las veamos como el índice de otro mundo o como el síntoma de un transtorno dependerá de lo que demos por descontado con respecto a lo real. Si damos por descontado el carácter trascendente de lo real —si suponemos que no hay otra realidad que la trascendente; si suponemos que hay otro mundo por encima de nuestras cabezas—, entonces esas voces ya remiten por sí solas al más allá. Por el contrario, si damos por sentado, como ocurre en nuestros tiempos modernos, que la realidad se decide por entero en el interior de nuestra subjetividad, entonces no solo las voces, sino el acontecimiento mismo del mundo remite antes que nada a un yo. O, lo que viene a ser lo mismo, esas voces no pueden indicar nada en verdad otro. Se trata, en definitiva, de comprender que ambas posiciones son eso: posiciones, puntos de partida que hacen posible una determinada visión del mundo y no un saber extraído en un caso de la imaginación y en otro de la experiencia. De ahí que la cuestión acerca de la existencia de Dios no sea una cuestión que podamos resolver simplemente observando lo que pasa. Pues Dios ya no puede ser visto hoy en día, salvo deshonestamente, como aquello a lo que remiten ciertos hechos. Aunque por suerte para Dios, mejor dicho, para el Dios verdadero, Dios nunca fue en realidad un factor explicativo. Y es que un Dios que se ubica más allá de la totalidad —un Dios que se toma un descanso tras el esfuerzo de la Creación— es un Dios que no tiene otra voz que la de quienes sufren su trascendencia, es decir, su falta.

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