Jn 3, 14

junio 6, 2012 § Deja un comentario

Dice Juan: «tanto amó Dios al Mundo que entregó a su único Hijo…”. Pero estamos tan acostumbrados a oirlo que difícilmente caemos en la cuenta de lo que supone. Un Dios que sacrifica lo más preciado de sí mismo por los hombres, ¿en qué sentido puede seguir siendo significativamente un Dios? ¿Acaso el sacrificio no debe correr a cargo del hombre? ¿Acaso no es él quien debe reconciliarse con Dios? Que la Encarnación se comprenda como el gesto sacrificial de Dios solo puede significar una cosa, a saber, que ya no cabe ningún otro sacrificio, ninguna otra religión. Que todo lo que pueda hacer el hombre con la intención de participar del favor de una divinidad que permanece en el más allá es, ciertamente, en vano. La salvación no puede ser comprendida, pues, como la respuesta de Dios al sacrificio del hombre, sino como la respuesta del hombre al sacrificio de Dios, el cual se hace patente en la muerte del Crucificado. Y de ahí a la implosión de la religión hay, sin duda, un paso.

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