Sören

agosto 8, 2012 § Deja un comentario

Una vida humana no puede tener sentido, esto es, en modo alguno puede comprenderse como la representación o encarnación de una vida arquetípica. Pues acaso la clave de nuestra individualidad resida en la imposibilidad de admitir el orden general de las cosas. Y ello gracias a un Dios que se dio a la fuga y que, por eso mismo, exige ser buscado. Quienes saben de estos asuntos suelen decir que el hombre no tiene esencia, sino tan sólo existencia. Traducción: que el hombre, en tanto que siempre se halla fuera de sí mismo, es aquél que por defecto nunca llega a ser enteramente, a coincidir consigo mismo. Jamás hay descanso para el hombre. Nadie se encuentra allí donde está. Por consiguiente, si el hombre existe es porque, al fin y al cabo, Dios no existe. O, por decirlo con otras palabras, si fuimos arrojados al mundo es porque Dios no permanece clavado en los cielos para fijar nuestra posición en el mundo. De hecho —y en esto consiste la revelación cristiana— Dios permanece clavado en la Cruz. Porque Dios dejó de ser divino —porque Dios renunció a la vida arquetípica—, nadie puede decir de sí mismo que sea en verdad lo que aparentemente es o representa: una buena madre, un caza osos, un maestro, un hombre de Dios… Cualquier éxito —cualquier brillo exterior, cualquier aspecto— es siempre un malentendido. De ahí que para el hombre la reconciliación consigo mismo sea, en todo caso, un por-venir absoluto, algo que en modo alguno le compete, y que, por eso mismo, queda en manos de Dios (que en cristiano es siempre un sin Dios). La insinceridad nos pertenece, así, como lo más íntimo. Y esta fue nuestra suerte.

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