las cosas del Mariano (1)
agosto 9, 2012 § Deja un comentario
La tesis de Marià Corbí sobre el hecho religioso constituye un lugar común de nuestros tiempos. La tesis defiende principalmente dos ideas, a saber, que las religiones son cosa del pasado y que, por eso mismo, el acceso a la realidad absoluta hoy en día no puede tener lugar por la mediación de los presupuestos y las prácticas de la religión. En tanto que fenómenos culturales, las religiones permanecen ligadas a una circunstancia que ya no es la nuestra y lo que exige nuestra circunstancia cara a la experiencia de la realidad absoluta es una espiritualidad laica, esto es, una espiritualidad sin Dios o, como también suele decirse, transconfesional. Marià Corbí distingue, pues, entre religión y espiritualidad, entendiendo por religión aquella serie de creencias y ritos que cosifican la realidad absoluta hasta el punto de transformarla en una especie de proyección de lo humano. Así, la religión permanece vinculada a una determinada imagen de la realidad absoluta, imagen que tiende a tomarse, precisamente, por real, mientras que la espiritualidad accedería a esa realidad absoluta sin otra mediación que las técnicas de la purificación o el desprendimiento. Al fin y al cabo, es como si Corbí hubiera hecho suya, aunque sacándola de contexto, aquella conocida sentencia de Rahner, la que decía que el cristiano del futuro, o será místico o no será. Nuestros tiempos serían pues los tiempos de la mística, la cual hasta el momento habría sobrevivido agazapada en los intersticios de las diferentes tradiciones religiosas. Ciertamente, la posibilidad de que exista una divinidad personal, a la manera de un fantasma bueno, es hoy en día literalmente increíble. Y, en este sentido, resulta difícil tomarse en serio la idea de que nuestra existencia se encuentra dominada por esas presencias invisibles que son los espíritus. Pues, al fin y al cabo, los espíritus, sean benefactores o demoníacos, de darse, aún no serían nada último para quienes han dejado atrás su infancia.
La tesis de Marià Corbí tiene su qué, pues resulta indiscutible que hay dos modos de vivir. El primero sería el propio de quienes no ven más allá de su interés. El segundo, el de aquellos que dan por hecho, aunque sea por olfato, que existimos en aguas que nos cubren, por emplear la hermosa expresión de Merton. Según los primeros, no habría más que cosas, las cuales por defecto pueden ser enteramente incorporadas a los estrechos límites de un yo. Para los segundos, en cambio, lo verdadero es aquello que en modo alguno podemos incorporar, eso que permanece fuera del alcance de un yo que no puede evitar comprenderse como el centro del mundo. Es lo que Corbí, como hemos visto y siguiéndole la pista a la tradición metafísica, denomina realidad absoluta o incondicionada. En este sentido, el hombre no podría situarse ante la realidad absoluta como quien se sitúa ante un objeto, sino en todo caso tan solo podría, por decirlo en místico, disolverse en ella. La realidad absoluta no sería, pues, una cosa —no sería nada en particular—, sino el medio en el que somos, ese no-ser que fecunda, sostiene todo cuanto es. Desde la óptica de la espiritualidad laica o transconfesional, quien se deja absorber, aunque sea imperfectamente, por lo que es en verdad, trasciende la vida más elemental, la que separa la vida de la muerte, el yo del no-yo, el bien, del mal. Y, sin duda, hay más vida en aquél cuya vida apunta a lo que nos supera que en aquellos que, como las bestias, viven pendientes de sí mismos. Ahora bien, una vez llegados aquí, podríamos preguntarnos si el pensamiento de Marià Corbí es lo suficientemente radical, si ha superado realmente el horizonte de lo religioso, si no estará haciendo religión aunque por otros medios. Esto es, podríamos preguntarnos si lo que nos trasciende en verdad puede comprenderse a la manera de una realidad absoluta. Pues desde los textos bíblicos, la contraposición no se da entre las religiones que personifican a Dios y las que lo mantienen como substancia impersonal —pues en ambos casos se trataría de paganismo—, sino entre las que hacen de Dios una presencia y la que vive a Dios como ese por-venir que te arroja en manos del sin Dios. Como si para la fe bíblica lo decisivo con respecto a Dios, no fuera Dios, sino el otro hombre, la viuda, el huérfano, el extranjero. Como si bíblicamente, el presente fuera indefectiblemente un mientras tanto, el tiempo que media entre la retirada de Dios y su definitiva e imposible irrupción. Como si desde la fe bíblica no pudiera haber otra conexión con Dios que la que se da entre aquellos que le obedecen, es decir, se aman sin Dios mediante. Como si, en definitiva, lo que nos supera, no fuera la nada, sino la nada de Dios en medio del sufrimiento indecible de los hombres (y el Mandato que se desprende de esa nada). En este sentido, parece que Marià Corbí está más cerca de la religión de la guerra de las galaxias —esa en la que sus creyentes esperan que la fuerza les acompañe— que la de aquella que cuya experiencia de lo trascendente más que elevar al hombre, lo deja en bolas. Y es que bíblicamente, Dios no es una posibilidad del hombre, sino el hombre una posibilidad de Dios. Pero éste ya será el asunto de otro post.