los tiempos de Dios
noviembre 8, 2012 § Deja un comentario
Para la tradición bíblica la división entre el cielo y la tierra —entre el otro mundo y el nuestro— no nos permite comprender nuestra relación con Dios. Ni siquiera sirve para comprender qué, mejor dicho, quién, pueda ser Dios. Para la tradición bíblica, el cielo es el lugar de las potencias del mundo, el ámbito de los dioses. Ahora bien, los cierto es que para la tradición bíblica, los dioses aún no son los suficientemente trascendentes como para que puedan valer como Dios. Un dios es un poder —un poder del que el hombre quisiera participar—. Un dios siempre promete la plenitud del hombre, la fuerza, la felicidad. Ahora bien, un dios es, para un creyente, un ídolo, un dios en falso, una posibilidad del hombre, posibilidad que, en tanto que del hombre, aleja al hombre de Dios. El poder-ser del hombre depende de que consiga el amparo de los dioses, de que logre, en definitiva, poner las potencias a su favor. Un dios es, ciertamente, un poder. Pero Dios, en verdad, no es un poder. El poder, en todo caso, es de Dios. Pero, por eso mismo, Dios se encuentra más allá de los poderes que sostienen o mueven el mundo. Más allá de los cielos. Más allá de la Creación. Ahora bien ¿qué puede encontrarse más allá de los cielos? Estrictamente, nada, pues no estamos hablando de un dios de dioses. No estamos hablando de Zeus. Dios en modo alguno es un ente. Dios no posee entidad. Dios es, en sí mismo, ese silencio que abraza el mundo por entero y, por eso mismo, lo mantiene pendiente de Dios, de una última palabra. Es en relación con ese silencio que todo es debido a Dios, todo es de Dios o en Dios. El todo —la dialéctica del bien y el mal, del asombro y el escándalo, del don y la injusticia— se revela como no-todo desde el silencio de Dios. Es el silencio de Dios el que impide que la Creación se cierre sobre sí misma, la clausura inmanente del mundo. De ahí que bíblicamente se diga que Dios se encuentra fuera de los tiempos. La Historia es el tiempo en el que no hay presente que pueda valer para Dios, en el que Dios no se hace presente. La Historia es el tiempo del hombre y de las potencias —los dioses— de los que el hombre depende. Dios solo se revela en sus tiempos, los tiempos finales, aquellos en los que el hombre ya no tiene vida por delante, aquellos en los que el hombre ya no puede seguir confiando en su posibilidad. Ahora bien, Dios se revela en esos tiempos como el cuerpo que exige la respuesta del hombre, su entera voluntad. No es causal —y esto marca la diferencia entre la experiencia bíblica de Dios y el del resto de las religiones— que, cristianamente, cuando se trata de hablar de Dios, no podamos hablar de Dios, sino solo de aquellos hombres y mujeres cuya existencia nos habla de Dios.