about Pinker and Co.

noviembre 10, 2012 § Deja un comentario

La actualidad filosófica dice que solo cabe responder a la pregunta por la naturaleza del hombre en los mismos términos en que podemos responder a la pregunta por la naturaleza de la hormiga. Una naturaleza es un determinado modo de ser, la forma en la que una clase de entes se muestra o aparece. En este sentido, el modo de ser del hombre debe comprenderse en los términos de una conducta observable, si de lo que se trata es de responder científicamente a la pregunta por aquello que pueda ser el hombre. Un hombre es, por defecto, lo que se conduce como tal. Y, así, desde el punto de vista científico, las imágenes que el hombre pueda tener de sí mismo son irrelevantes a la hora de definir su naturaleza. Podemos decir que somos, pongamos por caso, ángeles caídos o almas encarnadas en cuerpos. Pero nada de lo que podamos decir al respecto es científicamente relevante. Aquí lo único que va a misa es que el hombre es el animal que tiene que hacerse una imagen de sí mismo, sea cual sea. Desde la óptica científica, no hay, pues, diferencia entre un hombre y un clon, entre cualquiera de nosotros y un robot que, teniendo nuestro aspecto, se comportara exactamente tal y como lo hacemos. Sin embargo, lo cierto es que, a diferencia de las máquinas o las bestias, ningún hombre acaba de coincidir con su modo de ser. Una vaca es lo que es: come cuando tiene hambre, bebe cuando tiene sed. Pero el hombre nunca se encuentra donde está. El hombre en cualquier caso se halla a una cierta distancia de sí mismo. Y es por esto que el hombre puede decir yo, identificarse hasta cierto punto con una determinada imagen de sí. El hombre es persona, esto es, un separado de su particular modo de ser, un relación consigo mismo, un bucle. Su modo de ser es algo así como una máscara, una máscara de la que, sin embargo, no puede desprenderse sin dejar de ser. Pues, como acabamos de decir, el hombre es su relación con esa máscara, su determinado modo de ser, su naturaleza. El hombre no acaba de reconocerse en su mostrarse así o asá. El hombre no acaba, por tanto, de ser. El hombre siempre tiene pendiente aquello que pueda ser. Su ser es precisamente su eterna posibilidad. Sin duda, la distancia interior que hace posible decir yo no es observable. Un robot también puede ser diseñado para decir yo, aunque en verdad no llegue a diferenciarse de sí mismo. Pero de ahí no se concluye necesariamente que el yo sea irrelevante a la hora de comprender que podamos ser, sino que no cabe responder científicamente a la pregunta por la naturaleza humana. De hecho, dice mucho más de nosotros el mito de Narciso, pongamos por caso, que cualquier descripción de los usos y costumbres de la especie humana.

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