esos rezos

diciembre 11, 2012 § Deja un comentario

Nuestro niño sigue invocando a Dios, pidiéndole amparo y bendición. Nuestro niño, sobre todo si es un niño cristiano, sigue relacionándose con Dios como si fuera un mega-ángel de la guarda. Nuestro adulto, sin embargo, le cierra el paso: en eso ya no puedes creer seriamente. Nuestra situación, como hombres y mujeres de hoy en día, es la de quienes ya no pueden ser, religiosamente hablando, unos niños. De ahí que no falten quienes digan que la verdadera oración es la contemplativa. Como si, en definitiva, no cupiera otra relación con Dios que la de quien se asombra o participa de su presencia. Todo esto, sin embargo, no tan nuevo como parece. La filosofía, en la antigüedad tardía, se impone, al menos en las clases acomodadas, como una espiritualidad sin dioses. Sin embargo, cristianamente, sigue siendo cierto aquello de que quien no sea como un niño, no entrará en el Reino. Esto es, no será capaz de Dios. Ahora bien, un niño, en la época de Jesús, no es tanto un inocente, como un perro: un niño aún no poseía la dignidad de quienes ya se habían iniciado en las cosas de Dios. Somos nosotros, los que hemos alcanzado la mayoría de edad y, por eso mismo, podemos confiar en nuestras posibilidades, los que somos incapaces de Dios. Somos nosotros los que, hinchados de mérito, no nos encontramos en la situación del niño y, por tanto, ya no sabemos qué hacer con un Dios personal. Ciertamente, un niño —un niño cristiano— da por supuesto que ese Dios existe como el que habita en los cielos. Pero no es ese supuesto el que caracteriza su modo de ser, sino su consubstancial fragilidad, su necesidad de amparo. Ser como un niño es, así, mantenerse en la piel de esa más que original orfandad, sin resolverla por medio de hipótesis imaginarias. La resolución, aunque sea fantástica, ya es un paso hacia el mundo de los adultos. Quien vuelve a ser como un niño se dirige a Dios esperando, sin duda, una respuesta —pues esta esperanza va con el dirigirse—, pero sin poderla ya imaginar. Ahora bien, quien entiende esto último, entiende que no vuelve a ser como un niño quien quiere, sino quien puede, por aquello de las cosas (duras) de la vida. De ahí que nosotros, los que nos encontramos a una cierta distancia de nuestra infancia, solo podamos honestamente dirigirnos a Dios, si en la soledad de la habitación o de la celda, nos hacemos eco de clamores que no son los nuestros. Pues si nosotros, los que podemos con nuestra alma, podemos dirigirnos a Dios es porque ellos, los des-almados, rezan por nosotros.

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