materia oscura

diciembre 12, 2012 § Deja un comentario

Con respecto al saber, el punto de partida es el mismo que el de llegada: lo que se dice saber, no sabemos nada. El otro día, mientras me entretenía mirando unos típicos vídeos del National Geographic sobre esto de las galaxias y los agujeros negros, difícilmente pude evitar la sensación de que el cosmos, su inmensidad, su exceso, nos supera por entero. Y nosotros por aquí, empecinados con nuestras cositas. Que si mira lo que me ha dicho tal o cual, que si voy bien para la fiesta, que si me haría ilusión un coche nuevo, que si hay un dios o un espectro que me escucha, que si sé que esto no acabará con la muerte… Lo dicho: nuestras cositas de cada día. ¿Cómo podemos creer con tanta impunidad que somos el centro? ¿Acaso el exceso del cosmos no debería sobrecogernos como solo pueda hacerlo un dios? ¿Acaso bien y mal no quedan disueltos como azúcar en el café ante la infinitud de un universo impersonal? ¿Acaso no fue ésta la experiencia de Job? A veces pienso que solo desde esta perspectiva podemos comprender la audacia de una fe que, incomprensiblemente, sitúa a Dios más allá del cosmos. De una fe que pone el todo entre paréntesis. Como si, al fin y al cabo, en nombre de Dios no pudiéramos hacer otra cosa que obedecer y esperar. «Tú haz lo que debes y del resto ja en parlarem«.

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