Solón

diciembre 21, 2012 § Deja un comentario

Decían los clásicos que el valor de una vida no se decide hasta el momento de la muerte. Es decir, no podemos saber si nuestra vida es un sí o un no hasta que no encaramos su final. El modo en que nos enfrentamos a la muerte revela si nuestras grandes palabras son verdades o, simplemente, flatus vocis. Y es cierto, más aún, si la muerte a la que nos enfrentamos no es la propia, sino la se aquellos que mueren injustamente antes de tiempo; más aún, si hemos hecho de su muerte, nuestra muerte. Sin embargo, solo Dios sabe cómo morimos en verdad. O, por decirlo de otro modo, nuestra justificación no está en nuestras manos. (Por eso la fe en la Resurrección es la fe en el saber de Dios acerca de la muerte del Crucificado. Esto es, creer en la Resurrección es, en parte, creer que la vida de Jesús de Nazareth fue en verdad una vida en nombre de Dios.)

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