Aristóteles, el estagirita

diciembre 22, 2012 § Deja un comentario

Como es sabido, Aristóteles rechaza que lo real pueda comprenderse como aquello que permanece separadamente de su manifestación o aparecer. Ciertamente, la belleza es lo que aparece —se muestra— en los cuerpos bellos. Pero, a diferencia de lo que defendía su maestro, Platón, la belleza, según Aristóteles, no se encuentra más allá de los cuerpos bellos, sino en ellos. La belleza es la forma que muestran los cuerpos bellos y, aunque esa belleza sea relativa o precaria, es la única que existe. No hay otra belleza que la que se da en los cuerpos bellos. Una belleza absoluta, independiente de los cuerpos bellos no puede ser otra cosa que una abstracción. Si tenemos en mente una idea de belleza es porque nos hemos hecho una idea después de ver unos cuantos cuerpos bellos, no porque de antemano tuviéramos esa idea en mente. Para Aristóteles la realidad no se encuentra más allá de aquello en lo que se manifiesta. En principio, si lo real es lo que se pone de manifiesto, lo que se hace presente de un modo u otro, entonces lo real necesita algo otro en lo que manifestarse. Es decir, si lo real es lo que se muestra bajo un determinado aspecto o forma, entonces el aparecer mismo de lo real exige la presencia de aquello otro a lo real, lo cual, por defecto, es lo no-real, el no-ser, la nada. El Platón de los últimos diálogos ya intuyó algo de esto cuando sostenía que el Ser no podía darse con independencia del no-Ser; que el No-Ser pertenecía dialécticamente a la esencia misma del Ser, la cual no puede prescindir del hecho de que Ser es, de algún modo, darse, hacerse presente y, por tanto, dejar de ser ese absoluto que originariamente es. Sin embargo, Aristóteles comprende que si esto es así —que lo es—, entonces la realidad no puede entenderse a la manera de Platón, esto es, como la idea o esencia que permanece independientemente de su darse. Si lo real se da, entonces lo real no puede ser lo absoluto de la idea, sino la cosa que tenemos ahí delante, a mano. Para Aristóteles, no hay dos mundos, sino un único mundo de cosas. De ahí que concluya que lo real no es lo que se pone de manifiesto de un modo u otro, sino el hacerse presente, el acontecer mismo de la cosa. Es decir, lo real es el devenir de la cosa, el hecho de que todo se encuentra —es— en el tiempo. Lo real es, en definitiva, el tiempo. Por eso, Aristóteles entiende que la distinción entre lo que se pone de manifiesto y su manifestación sensible, no puede entenderse como la distinción entre la realidad y su apariencia —pues, para Aristóteles, como acabamos de decir, lo real es el aparecer—, sino como una distinción puramente analítica entre materia (lo que se pone de manifiesto) y forma (su aspecto, su modo de ser). La distinción entre materia y forma solo surge, por tanto, en el interior del análisis al que nos obliga la pregunta por la naturaleza del ser. Cuando nos preguntamos en qué consiste que haya algo ahí, nos vemos obligados a decir que, si hay algo ahí es porque algo (la materia, la sustancia primera, el sustrato primordial) se nos muestra como algo, esto es, de un modo un otro. Ahora bien, que estemos forzados a establecer esta distinción, no implica que la materia y la forma sean algo independientemente de su relación. No hay materia sin forma, ni forma sin materia. O, por decirlo con otras palabras, cuando nos preguntamos por lo real no podemos ir más allá del hecho de que todo se da en el tiempo. Ser es ir siendo. El dejar de ser y el acabar de ser serían las dos caras del (hacerse) presente. De ahí que la filosofía de Aristóteles pueda comprenderse como una filosofía de la finitud y, por extensión, de la disolución de una trascendencia demasiado inteligible para ser real.

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