spirit

diciembre 22, 2012 § Deja un comentario

Muchos cristianos siguen considerando esto del Espíritu como si tan solo consistiera en un anhelo de plenitud. Pero, si esto fuera así, entonces no hubiera hecho falta ninguna Cruz. Hubiese bastado con Platón. O con Buda. Si el Espíritu cristiano es siempre el de un Crucificado (Jn 7,39), entonces el anhelo cristiano no es propiamente el de otro mundo, sino el de aquél que, increíblemente, cree que este mundo ya ha sido transfigurado en otro mundo por quien regresó de la muerte con la vida de Dios. O, por decirlo con otras palabras, quien se encuentra en el Espíritu de Dios no es aquél que aspira por defecto a un mundo lleno de paz y amor, sino aquel que no vive otra vida que la que le ha sido dada por la muerte del Crucificado. Aquí, como siempre, la cuestión es quién puede creer en ello. Y, ciertamente, no somos quienes aún confiamos que podemos alcanzar por nuestras propias fuerzas alguna plenitud, aunque sea con la excusa de la bondad que, suponemos, habita en lo más profundo de nosotros.

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