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enero 7, 2013 § Deja un comentario
Contra lo que suele creerse, los relatos de las apariciones postpascuales no tienen el propósito de demostrar la resurrección. De hecho, presuponen la fe en la resurrección. Como dicen los exegetas son relatos de legitimación. La cuestión no es anecdótica, pues acerca de Dios podemos decir lo que se nos ocurra y no todo lo que se nos ocurre sobre Dios tiene que ver en realidad con Dios. Hemos de imaginarnos la situación como si, ante el predicador de turno, los creyentes —o no creyentes— le preguntasen «¿y tú que has visto para decir lo que dices?» Pues bien, es un signo de autenticidad cristiana responder de una manera desconcertante para quien aún permanece preso de la típica sensibilidad religiosa. Pues el resucitado nunca se aparece como Lázaro ante Jesús, esto es, como si Jesús fuera un zombie bueno. El resucitado siempre se aparece como otro, en concreto, como esos hombres y mujeres con los que el Crucificado se identifica, los sin Dios. Para comprender como funcionan esos relatos nada mejor que tener presente la aparición de la madre, ya muerta, de Gregóire Ahongbonon en aquellas mujeres que, abandonadas por sus esposos e hijos, deambulaban medio enloquecidas por las plazas de los poblados de África. Y es que para Greogóire no cabe otra reconciliación —otra re-ligión— con su madre que la que pueda tener lugar con esas otras madres que la encarnan de un modo irreparable. O también el relato de Pablo acerca de su conversión. No causalmente la caída del caballo tiene lugar después del martirio de Esteban, el cual muere como Jesús, a saber, perdonando. En este sentido, podríamos decir que Jesús se le aparece a Pablo en la figura de Esteban. Es cierto, pues, que sin aparición no hay predicación que, cristianamente, pueda resultar creíble. O bien has visto, o bien crees en quienes han visto. Otra cosa no tiene que ver con Dios, sino con tu necesidad de Dios.