x-treme

enero 7, 2013 § Deja un comentario

La operación básica del mito es la de quedarse con uno de las dos caras de la moneda. El mito no sabe de los entresijos de la dialéctica, de la mutua pertenencia de los contrarios. Para el mito lo real es la luz y la oscuridad, en cualquier caso, defecto, imperfección, algo a evitar y, por consiguiente, evitable, en modo alguno, algo sin lo cual no habría luz que pudiera darse como tal. El mito comprende necesariamente lo que es como lo que debe ser, la realidad como paradigma del mundo. En este sentido, todo mito es ejemplar. Así, pongamos por caso, la pornografía, en tanto que su supuesto básico y, por tanto, incuestionable es la coincidencia de los amantes, y la falta de sincronía, algo siempre imputable a la impericia de los hombres y mujeres normales. Sin embargo, el desencuentro no es, en verdad, la situación de quienes no saben hacer lo debido, de quienes no poseen la suficiente habilidad. El desencuentro, el hiato es nuestra situación, aquella en la que nos encontramos, el «pecado original» de los amantes. Le daríamos la razón al mito pornográfico, si comprendiéramos nuestro desencuentro sólo como una imperfección técnicamente reparable, algo en definitiva circunstancial, y no como el acontecimiento que afecta a la posibilidad, por defecto, fantástica, de la coincidencia de los cuerpos. De hecho, al hacerlo así, convertimos la escena pornográfica en divina y al resto de los hombres y mujeres, en cuerpos juzgados por esta trascendencia de cartón piedra. El desencuentro no es la imperfección que hay que superar, sino la posibilidad misma del encuentro. Pues en verdad solo se encuentran quienes, cara a cara, reconocen —asumen, abrazan— su desencuentro. No otra cosa dice el cristianismo con aquello de la resurrección de la carne. Los héroes cristianos no son amantes intachables, sino amantes con tacha, esto es, con tara. Cojos, ciegos, putas, zaqueos… El cristianismo es el antimito por excelencia. La salvación cristiana no es, por tanto, para quienes aún creen en el ideal, sino para quienes, lúcidamente y, a menudo con gran sufrimiento, ya no puede creer en ningún ideal. (Con todo, es cierto que muchas presentaciones del cristianismo siguen siendo pornográficas, en tanto que siguen dando por sentado que el hombre puede acercarse por sí mismo a la perfección de Dios, cuando lo cierto es que, si ello fuera posible, el hombre habría dejado de ser tal, para convertirse en un espectro puro. No es casual que dichas presentaciones prefieran entender la resurrección a la griega, es decir, como inmortalidad del alma y no como anticipación de un increíble más allá.)

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