Xabi, con B
abril 5, 2013 § Deja un comentario
Ayer jueves, mientras hablábamos del carácter constituyente de la palabra, Xabi López suelta, con excepcional intuición, lo siguiente: «si el documental sobre Grégoire Ahongbonon fuera mudo, no veríamos más que a un negrito bueno«. Esto es, no veríamos más que a un negrito que le ha dado por desatar a los locos de los árboles, en modo alguno a un hombre que encarna la verdad de Dios. Para ver algo más que un cuerpo que reacciona a los estímulos de su circunstancia, aunque sea de un modo tan extravagante como el de Grégoire, ese cuerpo ha de decir cosas del estilo: «esos hombres no deben sufrir como sufren»; o bien «mi madre se me apareció en las mujeres abandonadas que no tienen donde arraigar»; o también «Dios se encuentra ahí, atado a los árboles». Hay cosas que no son mientras no se declaran. Por ejemplo, el amor. Por ejemplo, Dios mismo. Ciertamente, puede haber declaración de amor sin que haya amor. No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino… (Mt 7, 21). Ahora bien, por eso mismo decimos aquello de obras son amores y no buenas razones. La palabra constituye la realidad que el cuerpo encarna solo si el cuerpo hace lo que exige esa palabra. Dios no es sin los hombres que lo encarnan. Pero los hombres no encarnan a Dios, sino que en todo caso cumplen con su voluntad, donde Dios no es reconocido —y por tanto declarado— en el abandonado de Dios. Quien comprende esto —quien comprende la íntima y recíproca implicación de vida y palabra—, comprende lo que ningún espectador es capaz de comprender, a saber: que la realidad solo puede ser propiamente dicha. Pues la realidad es siempre aquello que queda por ver en lo que vemos. Un espectador siempre ve películas mudas. Aunque tengan el audio a tope. Un espectador solo puede ver que Grégoire dice lo que dice, pero no podrá hacer suyas sus palabras. Un espectador será incapaz de percibir la vida que esas palabras soportan. Para ello tiene que pertenecer al mundo de Grégoire y sus locos de atar. Ven y verás.