coitus interruptus

junio 7, 2013 § Deja un comentario

Dios es interrupción. Dios es, por tanto, inseparable de la violencia, de una cierta violencia. Dios interrumpe la continuidad de nuestra existencia, su proyección sobre ese futuro que concebimos como la realización de nuestra posibilidad. Dios quiebra la tendencia del hombre a encerrase en la geografía de lo posible, aun cuando esta posibilidad crea estar garantiza por la divinidad que constituye el mundo como orden. Ciertamente, la palabra —la promesa— de Dios atraviesa la Creación por entero, pero no sostiene el orden del mundo. Al contrario. Es la Palabra la que hace inviable que el mundo pueda comprenderse como cosmos. Desde Dios, el todo nunca es el todo. La proximidad de Dios no puede ser otra que la de una zarza que arde sin consumirse, la proximidad de un fuego imposible e imposible no porque se trate de un fenómeno paranormal. En todo caso, el fenómeno paranormal és la metáfora de la imposibilidad de Dios, la cual es imposible, precisamente, porque en modo alguno puede ser asimilada como nuestra posibilidad. Y es que Dios interrumpe nuestra autosatisfacción, sea o no creyente, con el clamor de los que han sido excluídos del orden cósmico, de aquellos que no parece que puedan tener lugar en el mundo, esos deshechos, esos restos de serie, los sin-gracia. Es su clamor el que impide el cierre de la totalidad, el que abre la Creación a la posibilidad de Dios, el que la mantiene en estado de incertidumbre. Que el sí o el no de nuestra existencia no pueda comprenderse como nuestra posibilidad… ¡este es el gran hallazgo bíblico! Pues la posibilidad de ponerse en manos del leproso, del repugnante, del excremento humano no puede comprenderse como una posibilidad simplemente moral. Y quienes no comprendemos esto difícilmente sabremos qué significa esto de ponerse en manos de Dios.

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