consuelos

julio 5, 2013 § Deja un comentario

Una cosa es creer que Dios te consolará y otra sospechar que lo que te consuela es la creencia de que Dios te consolará. En el primer caso, das por hecho que hay un Dios por ahí y que tarde o temprano se centrará en ti o, simplemente, te hará caso. En el segundo, pones en duda que papá esté en el piso de arriba. Y si nadie está ahí para consolarte, lo que consuela es la ilusión de que haya alguien ahí. Ahora bien, entre una cosa u otra —entre la ingenuidad del niño y la hiperreflexividad del moderno— tenemos al creyente, a aquel que espera que al fin haya bondad —consuelo— en nombre de Dios. Ahora bien ¿qué significa lo que acabamos de decir? Supongamos un padre con tres hijos. El padre viaja con frecuencia y apenas para por casa. Los hijos, por su parte, se pelean continuamente. Su vida es muy triste y dura. A pesar de que apenas ven a papá, saben que está por ahí, que pueden enviarle mensajes por el móvil sin creer que están haciendo el ridículo. Papá no es muy hábil con la tecnología y, por eso, no contesta a los whatsapp. Pero los hijos saben que los recibe. «Papá, cuando vengas ¿nos traerás un regalo?» Los hijos esperan que haya un día en que puedan vivir felizmente bajo la presencia de papá. Pero el padre lleva años sin venir, de tal modo que comienzan a sospechar que quizá ya no tengan padre. ¿Tiene sentido que le sigan enviando whatsapp? El primer hijo dice «papá ha muerto» y apaga el móvil. El segundo, por su parte, sigue enviándole absurdamente mensajes como si papá estuviera vivo, pues siente que cuando deje de hacerlo, papá se «perderá para siempre». Solo el tercero cae en la cuenta de que el regalo de papá es, precisamente, su pérdida, pues solo desde ella podrán, al fin, abrazarse. Como si, en definitiva, el consuelo de Dios —el consuelo debido a Dios— fuera el que podemos darnos los unos a los otros en nombre de un padre que ya no está para intervenir.

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