Isaac
julio 7, 2013 § Deja un comentario
Una vez más, el desconcierto que provocan ciertos pasajes bíblicos, por no hablar de indignación, desaparece donde uno sabe cómo hay que leerlos. Me refiero, por ejemplo, al pasaje en donde YWHW manda sacrificar al hijo de Abraham, Isaac. Aparentemente, la enseñanza es simple: el creyente es aquél que está dispuesto a obedecer cualquier mandato que proceda de Dios. Y, en principio, esto es así. Ahora bien ¿es que Dios exige del creyente que se comporte como un autómata, como alguien que cumple las órdenes sin rechistar? No exactamente… Veamos de qué se trata en realidad. Isaac es, estrictamente hablando, un hijo de Dios, esto es, un hijo debido a Dios, pues, tal y como la Biblia insiste, Abraham y Sara eran ya ancianos cuando conciben a Isaac. ¿Cómo entender esto sin hacer de Dios una explicación, un ser que interviene alterando la ley natural? Según la Biblia, los hombres solo pueden caer en la cuenta de todo cuanto le deben a Dios allí donde, casi literalmente, nos les queda vida por delante, donde nada de lo que les pueda ocurrir significativamente podrán ya admitirlo como suyo, aun cuando la explicación, obviamente, solo pueda ser «humana». Por tanto, la primera moraleja del pasaje podríamos formularla más o menos así: el fruto de Dios, la vida debida a Dios, en modo alguno puede ser reconocida como una posibilidad del hombre, aun cuando en el orden natural de las cosas ese fruto sea perfectamente explicable. Por eso decimos que todo aquello que es de Dios —todo cuanto es debido a Dios— se nos da dentro de tiempos terminales, los tiempos en donde los hombres ya no pueden sensatamente confiar en sus posibilidades dentro del mundo. Todo cuanto es de Dios se revela en sus tiempos y los tiempos de Dios son los tiempos en los que el hombre ha capitulado ante sí mismo. Ahora bien, el texto, sin duda, va más allá. Pues aquello que ya no podemos concebir como nuestra posibilidad, se nos da bajo la exigencia de lo que debe ser preservado en nombre de Dios. Honestamente no podemos apropiarnos de lo que hemos recibido, pues lo recibido es, en tanto que don, un tener que preservar. De ahí que el creyente esté ante la vida que le ha sido dada como aquél que debe responder por ella. Sin embargo, si esto es así —que lo es—, entonces ¿cómo puede Dios reclamarnos lo que nos ha sido dado? ¿Es que en realidad no nos lo da? En principio, la lógica religiosa es una lógica del do ut des, una lógica del te doy para que me des. Y, aparentemente, Dios exige aquí una correspondencia. Lo que te ha sido dado es, en realidad, una deuda. Lo debido es, literalmente, lo que uno debe. Tú debes corresponder con el dador en la misma medida y con la misma moneda. Ahora bien, el pasaje resulta de lo más extraño, si tenemos en cuenta que un hijo, en la época de Abraham, no representaba lo mismo que ahora. En mayor medida que hoy en día, un hijo garantizaba el futuro de los padres. Una pareja estéril era un desgracia —un desarraigo—, pues solo un hijo podía garantizar el arraigo de los padres en el mundo. Y si Dios, con Isaac, saca a Abraham y a Sara de la desgracia, ¿cómo puede entonces exigirles que sacrifiquen a Isaac? ¿Acaso YWHW juega con ellos? Así lo parece. Pero tendremos, una vez más, que leer entre líneas. Por un lado, tal y como hemos dicho, vemos que un creyente ha de estar dispuesto a «devolver» lo que le ha sido dado, a saldar su deuda con Dios, esto es: un creyente no puede reconocer como suyo lo que en verdad ha recibido de lo alto. Por otro, sin embargo, vemos que Dios no admite la «devolución»: Dios, por medio de su ángel, detiene el brazo de Abraham. La conclusión es directa: Dios no admite la relación religiosa del hombre con Dios, aquella que se inscribe dentro de la lógica del do ut des. Así pues, en nombre de Dios, el hombre no debe relacionarse religiosamente con Dios. En nombre de Dios, la única obligación ya no es con Dios, sino con el don de Dios. O, por decirlo gráficamente, el bloqueo del canal vertical por parte de Dios, nos obliga a una horizontalidad infinita. Estamos, de hecho, ante una constante bíblica, la que se expresa por medio del recurrente no quiero sacrificios, sino justicia. Por todo esto, quien simplemente ve en el pasaje del sacrificio de Isaac un Dios que juega con Abraham se encuentra lejos de ver las cosas de Dios tal y como son.