l’amic Ernest
diciembre 12, 2013 § Deja un comentario
¿Qué significa decir de Dios que es enteramente otro? Más aún: ¿qué diferencia puede haber entre la alteridad de Dios y la de, por ejemplo, una foca? La foca, podríamos decir, es algo ahí que se muestra como foca. Eso que la foca es —o, como suele decirse, su particular modo de ser— no puede establecerse al margen de su relación con otras cosas: con el mar, pongamos por caso; o el oso polar, o el esquimal… Ver una foca —como ver un martillo o un tanque…— es ver el mundo al que pertenece. Ahora bien, ver una foca solo es posible, como ocurre con cualquier otra cosa, donde su carácter de algo otro ahí no puede ser visto, sino solo reconocido o pensado. La alteridad como tal no admite una visión, pues toda visión siempre se da en relación con un punto de vista o sensibilidad. La alteridad es lo absoluto y lo absoluto en modo alguno puede mostrarse sensiblemente. De ahí que nos preguntemos si la alteridad de una foca, en tanto que invisible, es la misma que la alteridad de Dios. O, por decirlo con otras palabras, si decimos o pensamos la alteridad de la foca en el mismo sentido en que pensamos la alteridad de Dios. La respuesta, un tanto a bocajarro, es que si la foca es algo-otro-ahí es porque Dios es el enteramente otro. O por decirlo en platónico: porque el Ser, en sí mismo, es siempre un deber-ser —porque el Ser es, precisamente, lo pendiente de las cosas que son—, la alteridad de la foca es la alteridad misma de Dios. Pues la alteridad de Dios es, sencillamente, la alteridad. Dios, en tanto que enteramente otro, no podamos verlo en absoluto. Dios no pertenece a ningún mundo. Dios, en este sentido, no se da como algo determinado. Dios, en modo alguno, existe. Dios es la falta de Dios. O mejor dicho, Dios se muestra en sí mismo como su falta. De ahí aquello del enteramente otro. Es la falta de Dios —la falta de respuesta— la que abre el mundo al misterio, lo que impide el cierre inmanente de la totalidad, lo que, en definitiva, arroja al hombre a la responsabilidad infinita para con el que sufre. Es la falta de Dios la que mantiene al hombre a la espera de la respuesta de Dios, mejor dicho, a la espera de su aparición. Pero lo cierto es que, por eso mismo, Dios no puede aparecer —darse— como Dios. En verdad, Dios aparece como Crucificado en nombre de Dios. La alteridad de Dios —su realidad— es, por tanto, lo siempre pendiente de la experiencia del mundo (y por eso mismo hay experiencia del mundo). De ahí que la alteridad de Dios sea, estrictamente hablando, la misma que la de una foca. Pues si la foca es algo-otro-ahí es porque, en última instancia, tiene pendiente ser, porque la pregunta por el qué es, en definitiva, eso que se muestra como foca es irresoluble. Esto es: porque la foca se encuentra a su modo marcada por la alteridad misma de Dios, lo cual no quiere decir que Dios se muestre como foca. Esto, en todo caso, es lo que diría el maestro Eckhart.