el último de los injustos

abril 10, 2014 § Deja un comentario

El último de los injustos de Claude Lanzmann es un documental necesario. Casi cuatro horas de entrevista a Benjamin Murmelstein, el único superviviente de los Consejos Judíos que se encargaban de administrar los ghettos del nazismo. En concreto, el último tramo del documental es impagable. Murmelstein trató con Eichmann. Y el Eichmann que recuerda el viejo rabino no tiene nada que ver con el retrato de Hannah Arendt. Eichmann fue un demonio, no un gris oficinista. Existe el Mal y se escribe con mayúsculas. A la vista del horror, la tesis de la banalidad del Mal es, aparentemente, una frivolidad. Sin duda, hubo miles de hombres y mujeres que formaron parte del horror como piezas de un mecanismo. Pero quien ejectua el horror, quien lo encarna, no puede permanecer más allá del horror. Puede que Eichmann fuera inicialmente un buen tipo. Pero lo cierto es que no siguió siendo un buen tipo. Murmelstein tuvo que renunciar a su integridad —se convirtió en el administrador del diablo— para poder salvar hábilmente a unos cuantos miles de judíos. Esto es política en el sentido weberiano del término. En política no es posible realizar el bien que puede ser realizado sin mancharse las manos. El que lidia con el diablo para limitar su poder difícilmente puede desprenderse del estigma de la ambigüedad moral. Si andas con cerdos, acabas oliendo como ellos. De ahí que Murmelstein dijera de sí mismo que podía ser condenado por lo que tuvo que hacer, pero no juzgado. Hay mucho de falso en quienes proclaman desde una cierta distancia que solo siendo buenos podemos transformar políticamente la sociedad. De hecho, tal proclamación no deja de ser una tautologia. Pues resulta obvio que si todos fuéramos santos, nuestro mundo sería, literalmente, otro mundo. Pero la cuestión de la política —la cuestión de lo que debemos hacer donde no podemos hacer lo que exige nuestra aspiración a la integridad— no puede resolverse en los términos de un programa estrictamente moral. No puede resolverse, sin caer en el ridículo, exhortando a la santidad. O, por decirlo de otro modo, el problema de la justicia no puede admitir la caridad como respuesta. La caridad se ejerce entre dos, ante el rostro del otro, como quien dice. Sin embargo, la justicia siempre se pregunta por el destino de un tercero sin rostro, mejor dicho, por el destino de esos hombres y mujeres que quedan lejos de nosotros. Caridad es lo que hace el buen samaritano. Pero hacemos trampas cuando, al preguntarnos qué debemos hacer ante Eichmann, la respuesta es «actuar como el buen samaritano». Esto quizá sirva para tener buena conciencia, pero no para salvar a unos cuantos miles de judíos del horno crematorio. Quien, en medio del infierno, intenta mantener sus manos limpias, probablemente no actue pensando en la gente.

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