sobre la pureza
octubre 3, 2014 § Deja un comentario
A la hora de entender la crítica evangélica al ideal fariseo de pureza no está de más tener presente que, en judío, pureza es sinónimo de integridad o, mejor dicho, de fidelidad a Dios. Así, el problema del fariseo, como quien dice, no es el de querer ser fiel a la voluntad de Dios, sino el de creer que uno ya es fiel por el simple hecho de cumplir formalmente con los preceptos que expresan dicha voluntad. El problema reside en creer que uno se encuentra del lado de los buenos. Hasta aquí nada nuevo. Ahora bien, lo que se desprende de la crítica evangélica al fariseísmo, de hecho feroz, no es lo que se entiende habitualmente por los pagos del cristianismo «progre», a saber, que de lo que se trata es de «ser auténtico», o si se prefiere, de hacer lo debido desde el fondo del corazón. Aquí la lucidez de Pablo es implacable: en relación con la Ley no cabe un corazón puro. La sospecha del apóstol no tiene nada que envidiar, pues, a la de Freud. La Ley, por el simple hecho de existir, nos divide en dos. El corazón de quien se encuentra bajo la Ley es, inevitablemente, un corazón partío. Pues no hay Ley que no engendre en lo más profundo de cada uno el deseo de transgresión o, lo que acaso sea peor, de justificación de sí. Así pues, no hay corazón que pueda decir de sí mismo que es puro. Quizá sea por eso que uno solo pueda responder al clamor de los oprimidos sin Dios mediante. Con otras palabras, no parece que podamos responder honestamente a la demanda de Dios, donde sigamos imaginando que Dios tutela desde arriba nuestra existencia. Dios tiene que desaparecer para que los hombres y mujeres puedan responder a Dios. No es casual que el ejemplo evangélico por antonomasia de obediencia a Dios, a parte del Crucificado, sea el de aquel samaritano que se detiene para cuidar del que quedó malherido en los márgenes del camino. Y aquí no hay que olvidar que el pueblo de Samaria era, en la época, un pueblo proscrito por su infidelidad a Dios, por haber pactado con el enemigo. Será verdad que la obediencia a Dios —la integridad creyente— es un producto lateral, algo que solo alcanzan quienes ya no buscan la bendición de Dios, de tan hundidos que están en su propia miseria.
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